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mas aventuras y, lo que era más importante, de mis posibles reencuentros con el añorado rabí de Galilea.
Tomé la dirección del circo basáltico y, tras salvar las grandes rocas ne-gruzcas, me deslicé por la verdeante ladera oriental, siguiendo la estrecha pista de tierra rojiza que moría en la explanada de la cripta. El camino se hallaba solitario. Aquello me tranquilizó. Mi condición de extranjero y gentil no me favorecía. Si alguien me descubría descendiendo por aquella vereda, quizá se formulase más de una pregunta. ¿Qué pintaba un pagano en las inmediaciones de un lugar tan sagrado como un cementerio judío? Com-prendí que, mientras la roca circular no fuera devuelta a su primitiva posi-ción, debería evitar aquella ruta. Pero, por suerte, los campos colindantes, en plena maduración, aparecían desiertos.
Al ganar la bifurcación respiré aliviado. La distancia recorrida desde el «punto de contacto» hasta la división del sendero ascendía a 600 metros. Desde allí, por una pendiente más suave, el camino conducía directamente al extremo occidental de la población, sorteando -a derecha e izquierda- un sinfín de dorados trigales. No pude remediarlo. Y empujado por la curiosi-dad me detuve junto a uno de los campos, examinando las cargadas espi-gas. La cosecha se presentaba espléndida, con treinta y hasta cincuenta granos por planta. Unos granos duros, descortezados y ricos en gluten -típicos del llamado trigo duro, muy frecuente en la Palestina de Cristo-, que producían una excelente harina. Más adelante, en otras parcelas, curvada también por el peso del fruto, se distinguía una segunda especie de trigo: la escanda, de inferior calidad, cuyos granos descascarillados no admitían la trilla.
El polvoriento sendero desembocaba en la gran arteria que bordeaba parte de la costa oeste del lago y que habíamos tenido ocasión de contem-plar desde el aire y desde el lugar de asentamiento del módulo. Si mis cál-culos no fallaban, la distancia recorrida entre el circo de basalto y la con-fluencia del camino con la calzada podía estimarse en algo más de una mi-lla. Al final de esta senda principal, a unos 300 o 400 metros hacia el este, se divisaban los negros muros de la ciudad en la que debía adentrarme. Sentí un escalofrío. A pesar de mi entrenamiento y de las muchas horas vi-vidas en Jerusalén, Betania y los alrededores de la Ciudad Santa, tuve una extraña e incómoda sensación. Fue como si empezara de cero. Como si aquella nueva fase de la exploración ocultara emociones y peligros con los que no habíamos contado. Espanté estos presagios y, por espacio de algu-nos minutos, tras comunicar a Eliseo mi posición, me entretuve en el exa-men de la calzada. Porque, en efecto, de eso se trataba: de una de las ro-bustas y magníficas vías, de diseño y construcción enteramente romanos, de 4,5 metros de anchura, elevada sobre el terreno circundante en unos 80
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centímetros y perfectamente enlosada con grandes y erosionadas placas de basalto, cuadradas y rectangulares, cuyas junturas habían sido invadidas y coloreadas por verdes regueros de hierba y maleza. A la derecha del bordi-llo y de las numerosas cantoneras que cerraban el camino (en este caso, mirando hacia la población), corría un estrecho pasillo, pavimentado a base de pequeños guijarros negros, de menor dureza que las losas de la calzada e ideado sin duda para el paso de hombres y animales. El summum dorsum o calzada aparecía ligeramente abombada, facilitando así el desagüe. Una vez más quedé maravillado. A pesar de lo accidentado e ingrato del terreno, los excepcionales constructores romanos habían dado buena muestra de su pericia y buen hacer.
En cuclillas y ensimismado en el examen de la calzada no reparé en la si-lenciosa aproximación de aquel individuo hasta que, prácticamente, lo tuve a mi espalda. Me sobresalté. El anciano -un sencillo agricultor, a juzgar por su tosco chaluk de lana y por el almocafre o pequeña azada para trasplan-tar que colgaba de su ceñidor- sonrió, deseándome paz y salud. Me observó intrigado y, antes de que pudiera corresponderle, preguntó si había perdido algo. Me incorporé y, señalando el polvoriento calzado, balbuceé una excu-sa: sólo intentaba poner en orden las cintas de las sandalias, maltrechas por la caminata. En contra de lo que esperaba, el hebreo, al detectar mi acento extranjero, no manifestó contrariedad alguna. A diferencia de mu-chos de los habitantes de Jerusalén, aquel galileo -como la mayoría de los que tuve oportunidad de tratar- hizo honor a la afamada liberalidad de que disfrutaba la región. Una liberalidad agriamente criticada por los ortodoxos y por las castas sacerdotales de la Judea. Y de una forma natural, sin pro-ponérmelo, me vi caminando junto al campesino en dirección a la aldea. El tal Jonás poseía un pequeño huerto en las inmediaciones de la zona de Tab-ja, muy cerca de los manantiales, y, en honor a la verdad, me brindaría una inestimable ayuda en aquellos primeros tanteos. Tímidamente le interrogué por el nombre de la villa que teníamos a la vista y mi providencia¡ «amigo», atónito, replicó con sobrada razón si la pregunta formaba parte de algún juego o adivinanza o si, por el contrario, trataba de mofarme de su buena voluntad. Apacigüé como pude su lógica extrañeza, asegurándole que no era ésa mi intención y suplicándole con vehemencia que disculpara la torpe-za de aquel cansado peregrino. Fue así, encajando el más que justificado reproche del anciano, como supe que, tal y como sospechábamos, aquélla era la célebre Kefar Nahum (aldea de Nahum), como verdaderamente se conocía a Cafarnaum en los tiempos de Jesús. Al parecer, el título de Nahum se remontaba al siglo ir antes de Cristo -fecha de su fundación- y le había sido dado en honor a un destacado personaje (Nahum).
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A lo largo de todo el flanco oeste de la población entre la calzada y las ca-sas se alineaban decenas de pequeños huertos, meticulosamente cercados por muros de piedra negra de un metro o metro y medio de altura sobre los que se destacaban higueras, altos nogales, almendros, granados y tupidos sicomoros, amén de otros frutales que no llegué a identificar. Varios sende-rillos partían de la arteria principal, perdiéndose entre los muretes de basal-to del rico y floreciente cinturón agrícola que cercaba Nahum por aquel ex-tremo y que empezó a darme una idea más precisa de la prosperidad del lugar.
Al llegar a cincuenta metros de la triple y colosal puerta de la ciudad, ubi-cada al norte, dudé. Bajo los arcos, entre harapientos mendigos y lisiados, distinguí una patrulla romana, con sus características túnicas rojas bajo las cotas de mallas y sus cascos de bronce estañado destelleando al sol. Pensé en despedirme allí mismo de Jonás y tomar una de las veredas que sortea-ba los huertos, esquivando así a los soldados. Pero me contuve. No tenía nada que ocultar y la compañía del vecino de Nahum -como llamaré a partir de ahora a Cafarnaum- me favorecía. E inesperadamente, siguiendo otro de mis impulsos, detuve la marcha, proponiéndole algo. Dibujé la más convin-cente de las sonrisas y, mostrándole un par de sequel, le pregunté si acep-taba conducir a aquel torpe y desamparado gentil hasta el hogar de los Ze-bedeo. Aquélla era mi única referencia, medianamente válida, que podía justificar mi presencia en la villa. Jonás se resistió. Conocía de antiguo a la familia de los «constructores de barcos» -como la definió- y, precisamente en honor a esa vieja amistad, rechazó la generosa paga, ofreciéndose gentil y hospitalario a ponerme en contacto, no con la casa de los Zebedeo, sino con el astillero. Al parecer, el hogar de Juan y Santiago se hallaba al otro lado del lago: en un lugar que el labrador denominó «Saidan».
-¿Saidan?
Reemprendimos la marcha y Jonás, complacido ante la posibilidad de mostrar su superioridad sobre aquel desconcertante griego -aunque sólo fuera en el conocimiento de la zona y de sus topónimos-, me explicó que así llamaban a Bet Saida.
El comportamiento del campesino -gesticulante, familiar y derrochando aclaraciones- no despertó sospechas entre la media docena de mercenarios romanos que, aburridos e indolentes, nos vio pasar bajo los sillares de ba-salto de la triple arcada.
-Te refieres a Bet Saida Julias?
Jonás no salía de su asombro. Mi ignorancia parecía no tener límites. Pe-ro, sin perder el buen humor, me hizo ver que «una cosa era Saidan o Bet Saida -en realidad, un barrio pesquero de Nahum- y otra muy distinta Bet
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Saida Julias, construida por Filipo muy cerca del Jordán y a poco más de 16 estadios (unos 3 kilómetros) de Saidan».
Empezaba a comprender. Saidan era el nombre popular y abreviado de Bet Saida, que poco o nada tenía que ver con Bet Saida Julias.
De buenas a primeras, sin tiempo para acondicionar los esquemas menta-les, me encontré frente a una ancha calle de 6 metros de anchura y 300 de longitud, que dividía a Nahum de norte a sur. Era la arteria principal, jalo-nada a derecha e izquierda por decenas de columnas de 3 metros de altura sobre las que se elevaban edificios de una, dos y hasta tres plantas, todos ellos, como la columnata, construidos a base de piedra negra volcánica.
Sinceramente, quedé desconcertado. Aquello no guardaba semejanza al-guna con la paupérrima idea que tienen los cristianos de «nuestro tiempo» de la «ciudad de Jesús».
Aquello, dentro de las lógicas limitaciones, era todo un sólido, floreciente y cuidado asentamiento humano, palpitante y en continua agitación, donde los gritos de los aguado res, el monótono reclamo de los vendedores y arte-sanos instalados bajo los pórticos, el choque de los cascos de las caballerías sobre el húmedo y ennegrecido adoquinado y el presuroso ir y venir de gentes de toda condición y origen se confundían y tapaban mutuamente, convirtiendo la calzada en un torbellino de olores, gestos y luces.
Jonás debió de intuir mi perplejidad. Y tomándome del brazo, me invitó a proseguir, anunciándome que el taller de los Zebedeo se hallaba al otro ex-tremo de la población, junto al río que bajaba de Korazín.
En verdad, Nahum hacía honor a su condición de villa fronteriza, entre la tetrarquía de Herodes Antipas y los dominios de su hermano Filipo. Allí, en pleno cruce de rutas caravaneras, en total armonía con los autóctonos del lugar, traficaban y descansaban extranjeros de Idumea, de Tiro, de la De-cápolis, de la Transjordania, de Sidón, griegos, comerciantes en trigo del le-jano Egipto, pescadores de todos los puntos del Kennereth, nómadas be-duinos y, por supuesto, hebreos, israelitas y judíos de todo el país y de más allá del Mediterráneo.
A uno y otro lado de la calle principal se abrían numerosas vías y callejue-las secundarias, igualmente saturadas de pequeños comercios en los que una cacharrería multicolor, informes pilas de telas, canastos de frutas y hortalizas, sastres con una gruesa aguja de hueso pinchada en la tela, alfa-reros de manos y pies húmedos, perfumistas, zapateros y una interminable cadena de gremios invadían el pavimento, dificultando el ya comprometido y abigarrado tránsito de hombres y bestias.
En aquella primera y atropellada observación pude comprobar que la casi totalidad de las viviendas había sido edificada a base de pequeñas y media-nas piedras basálticas -en forma de discos-, con los intersticios rellenos de
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barro y guijarros. Sólo las columnas y los dinteles y jambas de algunas de las puertas lucían sillares labrados. A excepción de los edificios que se aso-maban a la arteria principal, el resto parecía carecer de cimientos. Alcanza-ban una altura máxima de tres metros, con escaleras exteriores que, ob-viamente, conducían a los terrados. Con el paso de los días, las sucesivas incursiones me proporcionarían una idea más ajustada de la configuración de Nahum, diseñada según el patrón helénico-romano de cardo maximus y decumani; es decir, con una vía básica -de norte a sur- interceptada en án-gulo recto por otras calles menores. En dicho entramado urbano, con gran sorpresa por Mi parte, descubriría interesantes construcciones: baños públi-cos, posadas, prostíbulos, un teatro al aire libre, plazas, una esbelta sina-goga -creo recordar que el único edificio trabajado a base de piedra blanca calcárea-, centros «comerciales» al estilo de los descubiertos en las ruinas de Pompeya y cinco «ínsulas». (Estos bloques de viviendas, origen de los actuales «apartamentos», se alquilaban por plantas o habitaciones indivi-duales a toda suerte de viajeros, comerciantes o turistas.)
Bajo los pórticos de la arteria por la que caminábamos abundaban las tiendas de alimentos cocidos y de bebidas. Éstas, en especial, eran las más concurridas. Enormes portalones con letreros como «Natanael: el coseche-ro», «Heber vende lo mejor» o «Aquí, vino de Hebrón», daban acceso a es-tancias precariamente iluminadas por lucernas de aceite que colgaban de los muros. En tomo a largos mostradores de piedra, con campanudas tina-jas de barro empotradas en los mismos, una confusa mezcolanza de cara-vaneros, campesinos y cargadores del puerto bebía, discutía a grandes gri-tos o saciaba el apetito. Allí se servía vino negro, recio y caliente, cerveza de palma y frituras preparadas a las puertas del establecimiento o en pe-queños patios interiores, ahumando y apestando a la parroquia con el in-confundible tufo del aceite hirviendo y de la grasa de pescado. En mitad de la calle, consumidos por nubes de moscas, jumentos y mulas amarrados a unos bordillos agujereados y cargados con las más variadas mercancías aguardaban a sus ^sedientos dueños.
No pude negarme. Jonás, ignorando mis pretendidas prisas, me arrastró al interior de uno de aquellos antros, abriéndose paso sin demasiados mi-ramientos entre la animada concurrencia. Nadie protestó. Y el tabernero, un obeso y sudoroso sirio de nombre Nabú, obedeciendo los requerimientos del impulsivo anciano, plantó sobre el mármol del mostrador sendas jarras de arcilla, colmadas de un líquido espumoso. El campesino no tardó en inmis-cuirse en la conversación general que, por lo que acerté a captar, giraba en torno a las nuevas «burritas» de la posada de un tal Jacob, «el cojo». Las «burritas» no eran otra cosa que una «espléndida remesa de prostitutas fe-nicias», recién llegada a Nahum.
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Con cierta prevención -dadas las dudosas condiciones higiénicas de la ta-berna- mojé los labios en aquel licor. Resultó una especie de schechar: una cerveza ligera y caliente, destilada a base de cebada y mijo.
Algo apartado del grupo esperé a que mi acompañante vaciara su jarra y su verborrea. A espaldas de Nabú, colgados de la pared de piedra y como único adorno del establecimiento, aparecían dos gruesos remos cruzados. En una de las palas, grabada a fuego, se leía: « ¡Ay del país que pierde a su líder! ¡Ay del barco que no tiene capitán! » La otra, también en griego, pre-sentaba el siguiente acertijo: «¿Por qué tres cosas se alborota la tierra, y la cuarta no puede sufrir? Por el siervo cuando reinare. Por el necio cuando se hartare de pan. Por la aborrecida cuando se casare y por la sierva cuando heredare.»
Muchas de las tabernas de Nahum, como iría descubriendo, gustaban de aquellos proverbios y de otras alegorías e hipérboles, entresacados las más de las veces de los discursos del filósofo hebreo Filipo de Alejandría, de gran prestigio e influencia en el judaísmo de aquel tiempo, cuyo método, incluso, fue seguido por Pablo de Tarso en su epístola a los Gálatas (4, 213 l). Y de pronto irrumpí en la tertulia, preguntando si aquellas frases habían sido dichas por Jesús. Yo sabía que una de ellas, la segunda, pertenecía al libro de los Proverbios. Pero quise pulsar la opinión de los allí reunidos so-bre la figura del Maestro. Fue como un mazazo. Al oír el nombre del rabí, los parroquianos enmudecieron, perforándome con miradas nada tranquili-zadoras.
-Jesús... -añadí vacilante y sin entender la razón de tan súbita y hosca reacción-, el Resucitado. Creo que vivió aquí...
El tabernero tomó la iniciativa y, en tono burlón, resumió el parecer gene-ral:
-¿Es que ese loco ha resucitado?
Una sonora y colectiva carcajada refrendó las incrédulas y despectivas palabras de Nabú.
Jonás, perspicaz y conciliador, terció en la embarazosa situación, hacien-do ver a los presentes que sólo era un recién llegado y, como tal, descono-cedor de las maldiciones vertidas por el « constructor de barcos » contra Nahum y sus honrados habitantes. El litigio fue olvidado y cada cual volvió a lo suyo. El incidente me serviría de lección. Buena parte de la población despreciaba al Maestro y, lo que era más importante en aquellos momen-tos, ignoraba que hubiera resucitado. Las noticias de su vuelta a la vida no habían llegado aún al lago. En lo sucesivo debería tener más cuidado con mis preguntas y afirmaciones.
El resto del «paseo» por la calle principal de Nahum discurriría sin mayo-res incidencias. Casi al final, con las azules aguas del lago a la vista y de-
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seoso de corresponder de alguna forma a la desinteresada ayuda de mi amigo, me detuve frente a uno de los «bazares», repleto de piezas de alfa-rería, ánforas, vasijas de cristal, alfombras, telas multicolores, vestidos y hasta collares para perros. Jonás, paciente y, en cierto modo, orgulloso por mis continuos elogios de la ciudad, me dejó hacer. Los trabajos de alfarería eran realmente espléndidos. Había vasos importados desde el valle del Po, en Italia; copas de fina terracota roja, con las «firmas» del artesano y de su operario: Naevius y Primus, respectivamente; cuencos de Megara; braseros de barro con bases para los enseres de cocina; urnas del período herodiano y un sinfín de recipientes en forma de tetera, con pico, denominados guaus, utilizados para el llenado de las lámparas de aceite. Al final me decidí por un hermoso plato para pescado, con una depresión circular en el centro, que servía para escurrir el aceite. El precio -medio sequel de plata- me pa-reció desorbitado. Pero, a decir verdad, todo en aquella ciudad de comer-ciantes y gentes de paso -a excepción de los productos agrícolas, el pesca-do y la artesanía del vidrio- era prohibitivo. Nahum se veía en la necesidad de importar la mayor parte de las materias primas, así como la carne y otros productos de primera necesidad, y esto, lógicamente, había encareci-do la vida, situándola incluso a un nivel superior al de Jerusalén.
Jonás, incrédulo, perdió el habla. Le costaba asimilar que un desconocido, así, espontánea y generosamente, pusiera en sus manos un regalo tan va-lioso. La «mudez», sin embargo, duraría poco. Hasta que, finalmente, logré desembarazarme de él, sus promesas de «eterna amistad», su adulación y sus ofertas de hospitalidad fueron un penoso martilleo en mis oídos. A pe-sar de ello tomé buena nota de sus encendidas palabras, asegurándole que, quizá más adelante, necesitase de sus servicios. La experiencia me había enseñado a tener muy presente aquel tipo de amistades, tan útiles a lo lar-go de la exploración.
La Providencia estaba en todo. Al cruzar la última calle transversal a la gran calzada, una bocanada de calor brotó de una de las puertas. Me asomé intrigado. Ante mí apareció uno de los numerosos talleres de fundido y so-plado de vidrio de Nahum. Aquella manzana de edificios de una sola planta, prácticamente pegada al puerto, era el barrio de los afamados artesanos y fabricantes de enseres de vidrio y cristal. Alrededor de un patio a cielo abierto se levantaban varios cobertizos, con tejados de caña, en los que trabajaban seis hombres, todos ellos en taparrabo y con los cabellos cubier-tos por turbantes. Al fondo, frente a la entrada, formando cuerpo con el muro de basalto y rodeado de altas pilas de troncos, se distinguía un horno de piedra de un metro de altura, permanentemente avivado por uno de los operarios más viejos. A su lado, con el torso brillante por el sofocante calor, otro de los artesanos machacaba con un mazo una polvorienta y lechosa
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mezcla que iba trasvasando desde pequeños sacos de arpillera a la concavi-dad circular practicada en la parte superior de una maciza y negruzca mole pétrea que le servía de mesa.
Al vernos, el individuo que atizaba el fuego se apresuró a recibirnos, mos-trando con orgullo la variadísima colección de vasijas, frascos para ungüen-tos y recipientes de toda índole que descansaban en el adoquinado de los pabellones, sobre extensas y amarillas esteras de hoja de palma. Le advertí que, de momento, sólo me movía la curiosidad y, como buen fenicio, lejos de mostrarse contrariado, se brindó locuaz y calculador a responder y satis-facer cuantas preguntas o dudas tuviera a bien formularle. Azemilkos, el propietario del taller, no supo aclararme los orígenes de aquella industria en Nahum. Él la había heredado de su padre y éste, a su vez, del suyo. Algu-nos de los más viejos artesanos -eso sí lo recordaba- se habían asentado en la villa muchos años atrás, procedentes de Egipto, de donde trajeron las técnicas del fundido, soplado, y preparación de las mezclas. Éstas, por lo que pude deducir, se llevaban a cabo a base de arena, polvo, sosa y cal. Una vez mezclados y triturados estos materiales -cuyas proporciones for-maban parte del «secreto profesional» del fenicio- eran sometidos a eleva-das temperaturas -«hasta alcanzar el color del sol en el horizonte» (posi-blemente alrededor de los 1 500 'C)-, obteniendo así una masa fluida y de una aceptable homogeneización. Acto seguido, la rojiza pasta era trasvasa-da a unos calderos de metal, dejando que reposara. Las impurezas y partí-culas no disueltas subían a la superficie, formando lo que Azemilkos deno-minó la «hez del vidrio». Por último, al disminuir la temperatura, la masa adquiría la viscosidad necesaria para que los «especialistas» pudieran tra-bajarla. Para ello -siguiendo la técnica del soplado-, «enganchaban» una porción de pasta en el extremo de un tubo de hierro, inyectando aire en el interior del vidrio. Esta operación, naturalmente, se ejecutaba «a pulmón». Quedé maravillado ante la destreza del «jefe». En cuestión de segundos, tomando aire en cortas y rápidas inspiraciones, logró hinchar una de las ampollas, convirtiéndola, con varios y diestros tajos, en una prometedora y hermosa vasija.
Por puro formulismo prometí volver y adquirir algunas piezas. No podía sospechar entonces que mi visita al taller de Azemilkos se produciría al día siguiente y por razones totalmente ajenas al puro placer de comprar. Pero sigamos con el desarrollo de aquella jornada, tan rica en sorpresas e impre-vistos.
La arteria principal de Nahum desembocaba perpendicularmente al puer-to, dividiéndolo prácticamente en dos. Al pisar el negro y encharcado enlo-sado del muelle (de unos 15 metros de anchura), la inicial sensación de agobio y confusión se multiplicó. Si el centro urbano era un hervidero de
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gentes y animales, aquel espigón -de unos 700 metros de longitud- no le iba a la zaga. Decenas de cargadores semidesnudos, sudorosos y encorva-dos bajo el peso de abultados fardos y tinajas, iban y venían desde los diez o quince atraques, soltando las cargas al pie de las caballerías o de pesadas carretas de dos y cuatro ruedas, tiradas por bueyes rojizos y de gran alza-da. Otros, siempre bajo la atenta mirada y los látigos de cuero de los capa-taces, hacían el camino contrario, depositando las mercancías en los terra-plenes perpendiculares al espigón o descendiendo tambaleantes por los húmedos y resbaladizos peldaños practicados en las paredes laterales de dichos terraplenes, abandonando ánforas, toneles o cajas en el fondo de las embarcaciones. Un viento del oeste, de cierta intensidad, empezó a soplar sobre el lago, levantando pequeñas olas que hacían cabecear las lanchas. No llegué a contarlas, pero seguramente sumaban más de cincuenta. La mayoría, entre diez y quince metros de eslora, parecía destinada al trans-porte de pasajeros y de carga. Las había de colores vivos rojas, azules y blancas o sencillamente empecinadas, con unas proas afiladas y un calado escaso. Ánforas de todos los calibres, pellejos de cabra, sacos, jaulas con palomas y hasta corderos eran rescatados o almacenados, en sus bodegas por aquella tropa de escuálidos y dóciles porteadores, en su mayoría escla-vos y am-ha-arez: la escoria del pueblo. (Aunque la palabra significaba «el pueblo de la tierra», con el paso del tiempo, el término am-ha-arez había adquirido un tinte peyorativo, permanentemente alimentado por el odio y las insidias de los rabíes y de las castas sacerdotales. Hillel, por ejemplo, aseguraba que los am-ha-arez no tenían conciencia, no alcanzando la cate-goría de hombres. Otros, como el rabí Jonatán, pretendían que se les abrie-ra en canal, sentenciando que «ningún judío debía casarse con la hija de un am-ha-arez». La repulsión hacia estos desgraciados era tal que el rabí Elea-zar enseñaba «que era lícito descuartizarlos en sábado».) Toda la Galilea -y muy especialmente Kefar Nahum- era considerada como el principal reducto de los am-ha-arez y, en consecuencia, continua y sistemáticamente vilipen-diada. El mismo nombre -Galilea- significaba «el círculo de los gentiles».
En la lejanía, aprovechando el repentino viento, algunas embarcaciones habían desplegado unas velas cuadradas, de colores chillones, rojos y ne-gros en su mayoría. Una vez cargada o descargada, cada lancha, en perfec-to orden, era removida del atraque, dejando paso a la siguiente. Uno o dos marineros, a proa y popa, manipulaban sendos remos, maniobrando la em-barcación con gran destreza.
El tráfico de mercancías era agotador. Allí recalaban cargamentos proce-dentes de todos los puertos del litoral: desde carnes y tocino salados de la pagana Kursi hasta barriles de pescado en salmuera de Tarichea, pasando por pichones de Migdal, frutas y verduras de las vegas de Guinnosar y de la
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Betijá, cordelería de Arbel, ganado de Hipos y toda suerte de productos manufacturados del sur, de la Perea y de la Decápolis, transportados hasta el lago en continuas e interminables caravanas de camellos, mulas y jumentos. De la misma forma, pero a la inversa, ricas sedas de la India, maderas del Líbano, especias de todo el Oriente, cosmética, artesanía de Roma y hasta la nieve del Hermón entraban en el Kennereth por el floreciente puerto de Nahum, siguiendo las rutas del norte y del este, en una frenética y pacífica invasión de hombres, lenguas y costumbres.
Aquél, sin dudarlo, había sido el cotidiano escenario de muchos de los momentos de la vida del Maestro. Y envuelto en semejante maremágnum, conforme Jonás me conducía hacia el extremo oriental del muelle, no pude ni quise espantar de mi corazón la posible imagen de un Jesús descalzo y semidesnudo, como aquellos fenicios, sirios y galileos, afanado en el duro trajín del acarreo de bultos o luchando por elevar la pisoteada dignidad de los am-ha-arez. Un amargo sentimiento -mezcla de rabia y piedad- se fue adueñando de mi voluntad. Aquellos hombres -ancianos, adultos e, incluso, niños- eran tratados sin piedad. Los látigos, puntapiés y maldiciones caían sobre ellos al menor titubeo o intento de recobrar el aliento. Muchos, con el lóbulo de la oreja derecha perforado, eran menos que los am-ha-arez. For-maban el escalón más bajo de la sociedad: el de la esclavitud. En palabras de Varrón, «una especie de herramienta que podía hablar». Aunque goza-ban de fama de perezosos, disolutos y ladrones, la verdad es que el trato y las condiciones de trabajo en las que se desenvolvían tampoco eran el mar-co idóneo para pretender lo contrario. Quizá el sentir general de aquellas gentes hacia los esclavos pueda resumirse en las frases del siracida: «El fo-rraje, el palo y la carga, para el asno; el pan, la corrección y el trabajo, pa-ra el siervo. Haz trabajar a tu siervo y tendrás descanso; dale mano suelta y buscará la libertad. Como el yugo y las coyundas hacen doblar el cuello, así al siervo malévolo el azote y la tortura; hazle trabajar y no le dejes ocioso.» Después, la Historia, con un eufemismo más que reprobable, trata-ría de disimular esta angustiosa realidad, cambiando incluso el término «es-clavo» por el de «sirviente» o «criado»... Pero la cruda verdad era aquélla.
En mitad del puerto, a lo largo de dos de los terraplenes triangulares, las operaciones de carga y descarga se veían aliviadas por otros tantos e inge-niosos artefactos -a manera de grúas-, a los que me aproximé con curiosi-dad. Los responsables del tráfico comercial habían excavado sendos canali-llos paralelos en la superficie de roca basáltica de cada uno de los muelles. Unas plataformas de madera de dos metros de anchura, provistas de rue-das, circulaban por las rústicas «guías», cubriendo así los quince metros de longitud de cada terraplén. Sobre las planchas habían sido claveteados unos trípodes -también en madera-, de 1,50 metros de altura, que servían de
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punto de apoyo a sendas «plumas» de metal, en cuyos extremos oscilaban unas herrumbrosas y chirriantes carruchas de hierro de 30 o 40 centímetros de diámetro. Por este procedimiento, bajo la supervisión de los capataces o de los propietarios de las embarcaciones, varios esclavos o am-ha-arez ja-laban o arriaban los bultos más pesados hasta depositarlos en el suelo del atraque o en el fondo de las barcas. Casi siempre se trataba de animales -bueyes, terneras o caballos- o de abultadas redes de cuerda repletas de ti-najas, barriles y ollas. Muchas de aquellas mercancías -tanto si llegaban por tierra como por el Kennereth- pasaban directamente a los almacenes de piedra, que en número de quince o veinte se levantaban frente al muelle, cerrando así el flanco sur de la ciudad. En el interior se escuchaba un anár-quico martilleo. Eran los encargados de acondicionar y asegurar los embala-jes. Las piezas más frágiles -cerámica, vidrio y ánforas con vino, aceite o garum procedente de las costas de España e Italia- pasaban a cajones de las más variadas dimensiones, meticulosamente enterradas en arena o pro-tegidas y separadas entre sí por hierba y paja seca. Los operarios, con aba-nicos de clavos entre los labios, iban cerrando los arcones, apilándolos junto a los muros de piedra. De vez en cuando, cuadrillas de porteadores entra-ban en los pabellones, retirando las cajas o acumulando nuevos fardos en-tre los ya existentes. En algunos de aquellos depósitos habían sido dispues-tas pilas de piedra, enlucidas con mortero, que contenían grandes cantida-des de sal originaria de las salinas del mar Muerto y de nieve. Esta última, por lo que pude observar en este segundo y en el tercer «salto», llegaba a Nahum, Migdal, Tiberíades y otras poblaciones del lago, a lomos de mulos que descendían a diario desde las cumbres del Hermón, siguiendo las már-genes del alto Jordán. Lo costoso del transporte -las reatas más rápidas empleaban entre ocho y diez horas hasta Kefar Nahum- y lo preciado y pe-recedero del producto lo habían convertido en un artículo de lujo, asequible tan sólo a las familias adineradas o a los pícaros del lugar, en especial a los taberneros, que, a cambio de generosos pellejos de vino, lograban arrancar de las pilas alguna que otra palada. Para su mejor conservación, la nieve era transportada y almacenada sobre capas de helechos frescos. Pero aque-llos salones servían también de cobijo a muchos de los esclavos y am-ha-arez empleados en el puerto. Al anochecer, concluidas las faenas, se los podía ver dormitando sobre las redes o sentados entre las mercancías, mí-seramente iluminados por candiles de aceite y devorando un pan moreno al que, con suerte, acompañaba un puñado de habas crudas o algún que otro pescado.
Durante la jornada de trabajo, al socaire de estos almacenes, hortelanos y pequeños comerciantes extendían sus productos sobre el enlosado, can-tando las excelencias de sus respectivos jardines y huertos. Mujeres de ojos
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escrutadores, embozadas en ropones de colores claros, buhoneros parlan-chines y campesinos de piel tostada levantaban de las esteras los manojos de verduras, ajos, cebollas, frutas, plantas aromáticas y medicinales, piezas finas de bysus, alfombras, cofrecillos para alhajas y cestas de higos o frutos secos, en una rabiosa -a veces desesperada- pugna por atraer la mirada de los transeúntes.
Aquello me recordó el motivo de mi descenso a Nahum. Consulté con Jo-nás y éste, con un mohín de desconfianza hacia la calidad y los precios de cuanto allí se ofertaba, me recomendó que, si no era absolutamente nece-sario, esperase al mercado del día siguiente. Entonces podría disponer de un surtido más abundante y económico. Pero los planes de la operación preveían un jueves enteramente volcado en el seguimiento de los íntimos de Jesús. Así que, venciendo la resistencia del anciano, me entregué a la adquisición de víveres: verduras, algunos kilos de lentejas y garbanzos, habas, cebollas, puerros, ajos, varios saquetes de dátiles de Jericó (los dul-ces «adelfidos» y los no menos afamados «cariotes», de jugo lechoso y alto poder nutritivo), miel blanca, huevas de pescado encurtidas, sal, nueces, huevos, aceitunas, harina, aceite y algunos pellizcos de comino, eneldo y arveja. De momento renuncié al pescado y a la carne salados. Las nubes de moscas que los envolvían no hacían muy recomendable su consumo. En cuanto al abastecimiento de agua, sencillamente, tuve que prescindir. La canasta con las provisiones era ya lo suficientemente pesada como para, encima, cargar con un odre de 30 o 40 litros. Quizá al día siguiente pudié-ramos resolver el problema. Después de todo, los manantiales que brota-ban en Tabja se hallaban a media milla de la «cuna».
Al principio, entretenido en el pago de las viandas, no reparé en aquellos aullidos. Pero, al tiempo que los quejidos se hacían más agudos, el parloteo de los hortelanos y vendedores se cortó en seco y todas las miradas se vol-vieron hacia el centro del muelle. Los esclavos y porteadores más próximos aflojaron el paso, mientras varios de los capataces, entre aspavientos y maldiciones, se precipitaban hacia uno de los am-ha-arez, caído en el suelo. A su lado se esparcían los restos de una tinaja de arcilla que había conteni-do tilapias descabezadas en salazón. Uno de los vigilantes, ciego de ira, descargaba su látigo sobre el infeliz. Con la llegada de los restantes capata-ces, las patadas, insultos y latigazos intensificaron los gemidos y lamentos de aquel pobre diablo que, acurrucado y retorciéndose entre los añicos y la salmuera, se protegía la cabeza con los brazos, implorando piedad. El re-pentino silencio en el muelle duraría poco. Transcurridos los primeros se-gundos de sorpresa, las cuadrillas de porteadores -azuzadas por los jura-mentos y golpes de los jefes de muelle- recobraron el habitual ritmo de tra-bajo, esquivando el círculo de energúmenos que se ensañaba con el que
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había tenido la mala fortuna de caen Miré a mi alrededor y, estupefacto, comprobé cómo el resto de los trabajadores, comerciantes, aguadores y carpinteros de los almacenes reanudaba sus faenas, impasibles ante la pali-za y la desgracia de aquel individuo. La escena, al parecer, era harto fre-cuente. Interrogué a Jonás con la mirada, pero éste, encogiéndose de hom-bros, me dio a entender que no había nada que hacen Aquellos capataces, brutales y sanguinarios, hubieran arremetido contra cualquiera que osara interceder en favor del caído. Titubeé. El código de Caballo de Troya me impedía intervenir Una vez más, a pesar de mis deseos e impulsos, debía recordar que mi papel era el de mero observador Nada más. Pero, indigna-do ante lo desproporcionado e injusto del castigo, opté por probar. Quizá violé una de las normas de la operación. No lo sé, ni lo sabré jamás. Tam-poco importa demasiado. Y con paso decidido, antes de que el anciano pu-diera retenerme, salvé los escasos metros que me separaban de los capata-ces, sujetando al vuelo uno de los látigos. Mi fulminante reacción los dejó perplejos. Me situé en el centro del círculo y, esbozando una hipócrita sonri-sa, señalé hacia la carga derramada sobre el pavimento, interesándome por el precio de la misma. Los desencajados sirios, con la respiración entrecor-tada por el esfuerzo, permanecieron mudos y desconcertados. Eché mano a la bolsa de hule y, mostrándoles un puñado de monedas, repetí la pregun-ta. El brillo de los sequel resultó milagroso. Los látigos regresaron a los cin-tos y el que parecía responsable de la tinaja, incrédulo y desconfiado, me interrogó a su vez, interesándose por la identidad de aquel inconsciente griego que había tenido el descaro de interrumpirlos. Sin perder la sonrisa me proclamé amigo del gobernador romano. Al oír el nombre de Poncio, dos de aquellos truhanes se retiraron y mi interlocutor, palideciendo, cambió de tono y de táctica, tartamudeando. Aproveché su flaqueza de ánimo y, antes de que llegara a arrepentirse, tomé su mano, entregándole dos sequel. (El precio, a la vista del deterioro del pescado, me pareció más que razonable. Una jornada laboral, de sol a sol, recibía entonces una paga equivalente a un denario. El sequel, a su vez, solía cambiarse por cuatro denarios.)
Los ojillos del miserable capataz chispearon codiciosos. Ambos sabíamos que aquellos ocho denarios eran todo un regalo. Y dando media vuelta se encaminó hacia uno de los almacenes, seguido por otro de los jefes de muelle. El am-ha-arez continuaba en el suelo, con la piel abierta y ensan-grentada por las correas de cuero, sollozando y sin atreverse a despegar los brazos que cubrían su cabeza.
«¡Dios mío!»
Al arrodillarme comprobé con desolación que se trataba de un niño. Quizá tuviera doce o trece años. Su cuerpo, esquelético, con la espalda llagada por el cotidiano roce de los fardos, temblaba y se agitaba, presa del miedo
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y del dolor. Aparté sus manos y, dulcemente, como creo que jamás he hablado a ser humano alguno, procuré consolarle. El muchacho, con sus in-tensos y espantados ojos negros, me miró confuso. Le sonreí y, tomándole entre mis brazos, le conduje hasta el tenderete del hortelano que me había servido las provisiones. Jonás, estupefacto y maravillado, cumplió mis ór-denes sin rechistar. Me proporcionó aceite y vino y, delicada y cariñosamente, fui limpiando las heridas, sin dejar de sonreírle. A muy pocos metros de donde me encontraba, a las puertas del almacén por el que les había visto desaparecer, el sirio y su compinche manipulaban una pequeña balanza de mano, con doble escala, en la que, una y otra vez, procedieron al pesaje de las monedas que les había ofertado. Satisfechos, tras lanzar una despreciativa mirada al joven cargador, se perdieron entre las hileras de porteadores, haciendo chasquear sus látigos contra las losas del muelle. La noticia del incidente debió de propagarse a la velocidad del viento porque, a los pocos minutos, una legión de mendigos y desarrapados se presentó en el lugar, manteniéndose a la expectativa y a corta distancia de las tilapias. Mi acompañante me sugirió que recogiera la carga cuanto antes. Por supuesto, no tenía el menor interés en conservar aquel pescado. Así que, sin más, los autoricé a que dispusieran de él a su antojo. La escena que presencié a continuación me estremeció. Entre golpes, alaridos, impre-caciones y reproches, aquella turba de hambrientos y desesperados se aba-lanzó sobre el cargamento, disputándose hasta los trozos de barro de la ti-naja. Aturdido e impotente ante tanta miseria y crueldad, acaricié los cabe-llos de¡ niño Y, por esta vez, obedecí las recomendaciones de Jonás, aleján-donos hacia el extremo oriental del puerto. En aquel punto moría la zona portuaria propiamente dicha, dando paso a otra de las florecientes indus-trias de Nahum: los astilleros. A ambos lados de la desembocadura del río Korazín, ocupando unos trescientos metros de costa, se sucedía una serie de varaderos en los que se construían y reparaban toda clase de embarca-ciones. Precedido por el campesino descendí los peldaños de piedra que conducían desde el nivel superior del muelle a la rampa que conformaba el primero y más próximo de los astilleros: el de la familia de los Zebedeo. El solar, de regulares dimensiones (unos 50 metros de longitud por otros 30 de profundidad), se hallaba cubierto por una capa de guijarros blancos y negros que rechinaron a nuestro paso. Entre el agua y el cobertizo de ma-dera y techumbre de ramas que se erguía al fondo de la suave pendiente, tres carpinteros, con las túnicas recogidas en la cintura y grandes bolsas de clavos colgadas en bandolera, martilleaban alrededor de una consumida barca de carga. En la parle baja del varadero, a cuatro o cinco pasos de la orilla, descansaban otras cuatro lanchas -una de ellas de apenas seis me-tros de eslora-, tan destartaladas como la anterior. Al rozarlas, mi corazón
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se agitó. Quizá me encontraba junto a algunas de las barcas habitualmente utilizadas por los discípulos e íntimos del Maestro en sus faenas de pesca.
Jonás saludó a los operarios, interesándose por el «jefe». No supieron darnos muchas explicaciones. Al parecer llevaba dos días sin presentarse en el astillero, aquejado de no sé qué mal. Uno de los galileos señaló hacia el cobertizo, aconsejándonos que, si deseábamos mayor información, le pre-guntásemos al «maestro»; una especie de naggar o «carpintero, de ribera», mezcla de ebanista, carpintero de blanco, herrero y reparador de barcos. Así lo hicimos y, al penetrar en el chamizo que servía de almacén, entre ba-terías de gubias, cinceles, sierras, cuchillas, compases de bronce, curiosos taladros de arco, cepillos y hojas de hacha de todos los tamaños, descubri-mos a un anciano, sentado sobre el piso de guijarros y enfrascado en el pu-lido de una, para mí, extraña piedra calcárea con forma de pirámide trun-cada de casi medio metro de altura. Se protegía los ojos con unas curiosí-simas «gafas» de madera -muy similar a las que portan los lapones-, con una fina ranura en el centro. Como lo hubiera hecho cualquier soldador del siglo xx, nada más vernos retiró las «gafas», situándolas sobre la base de la cabeza, saludándonos con un «la paz sea con vosotros». Me identifiqué como amigo de los hijos de Zebedeo, exponiéndole mi deseo de entrevis-tarme con el jefe del astillero. El buen hombre, después de sacudir el polvo que blanqueaba su mandil de cuero, torció el gesto, confirmando las pala-bras del operario. Un terrible dolor le tenía postrado en cama y, a pesar de los esfuerzos y ungüentos de los sanadores de Saidan y Nahum, su salud había ido empeorando en los últimos días. La única posibilidad de verle -añadió- era visitándole en su casa de Bet Saida, aunque, dado su grave quebranto, dudaba que me recibiera.
Antes de abandonarle, dominado por la curiosidad, me interesé por la función de la piedra sobre la que trabajaba. En el centro de la pirámide apa-recía un orificio de 8 o 9 centímetros de diámetro que la atravesaba de par-te a parte y que, sinceramente, no supe relacionar con nada de lo que co-nocía. El «maestro» me miró de arriba abajo y, antes de ajustarse las «ga-fas», replicó con desgana y algo molesto por lo aparentemente absurdo de la cuestión:
-¡Qué va a ser!... ¡Un ancla!
Entregado de nuevo al cincelado de la roca no advirtió mi perplejidad. A partir de entonces, en mis frecuentes caminatas desde el módulo a la costa de Saidan, tendría numerosas ocasiones de comprobar cómo los pescadores y marineros del lago se servían de piedras de todos los tamaños, conve-nientemente perforadas, para inmovilizar sus embarcaciones e, incluso, de-terminado tipo de redes. (Las anclas de hierro no eran conocidas aún en el Kennereth.)
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No lo pensé dos veces. Tras comprobar la posición del sol me despedí del servicial campesino y, siguiendo la margen derecha del menguado Korazín, puse rumbo al norte, al encuentro del sendero que corría hacia la esquina oriental del lago. La corazonada resultaría providencial. Anuncié a Eliseo un cambio en los planes y, pasando por alto el incidente con los capataces, prometí retornar al módulo en un plazo máximo de cinco horas: justo al po-nerse el sol. La intuición me dictaba que debía entrar en Saidan antes que los íntimos del Señor. ¿Por qué? Obviamente no podía saberlo. La respuesta aparecería en el caserón de los Zebedeo.
Como ocurría en el sector oeste, aquel flanco de Nahum se hallaba primo-rosamente cultivado. Me deshice del intrincado laberinto de huertos amura-llados y, a los pocos minutos, caminaba decidido por la calzada romana. A corta distancia, a la derecha de la vía Maris y pegada al puente que salvaba el riachuelo, se levantaba una casa de una planta, de muros tan negros como los de la ciudad. Dos corpulentas higueras silvestres sombreaban su fachada norte. Al principio no le presté excesiva atención. Pero conforme fui aproximándome, la presencia en la puerta de dos mercenarios romanos y de un tercer individuo me hizo recelar. El calor y la cesta empezaban a pe-sar en mi ánimo y, con la excusa de tomar un respiro, abandoné la calzada, adentrándome en el pequeño jardín que rodeaba la vivienda. Los soldados, recostados en la pared de piedra y medio adormilados, ni me miraron.
Sin proponérmelo acababa de cumplir con uno de los obligados requisitos establecidos para cuantos iban o venían del territorio de Filipo al de su hermano, el tetrarca Antipas. Deposité la canasta en el suelo y, cuando me disponía a interrogarlos sobre la distancia que mediaba de Nahum a Saidan, el que yo imaginaba dueño de la casa -un griego tocado con el típico gorro de fieltro y una chapa de latón en la túnica- levantó la vara que sostenía en su mano derecha, interrogándome en un pésimo arameo galalaico acerca del contenido de la cesta. Empecé a comprender.
-Víveres -repliqué en griego.
El individuo dio un paso al frente y, como lo más natural del mundo, se inclinó, metiendo las manos entre la cesta.
Guardé silencio. Como digo, sin darme cuenta, me había plantado frente al edificio que hacía las veces de aduana.
-Está bien -concluyó el publicano sin demasiado entusiasmo-. Con una
será suficiente.
Aboné la tasa y, felicitándome por lo acertado y oportuno de mi iniciativa, crucé el puente, tomando el sendero de tierra que nacía en los contrafuer-tes de la calzada. Ésta, nada más saltar sobre las marrones aguas del Kora-zín, giraba bruscamente hacia el norte, escalando cerros y difuminándose entre los campos de olivos y las terrazas de cereales. Consciente de la im-
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portancia de aquel camino, procuré fijar en mi memoria un máximo de detalles que, en caso de necesidad -al menos durante las primeras explora-ciones-, me sirvieran como puntos de referencia. A partir del río, en un tra-yecto de kilómetro y medio, la senda se hallaba prácticamente despejada, con algunas formaciones rocosas a la izquierda y las ondulantes aguas del lago a cien o doscientos pasos a la derecha. A continuación se deslizaba hacia el fondo de un wadi reseco e improductivo, de laderas manchadas por arbustos de alcaparro, cardos, retamas y anabasis. Aquél era el punto más alejado de la costa: casi medio kilómetro. Desde allí hasta el Jordán, con algunas muy breves curvas, la vereda atravesaba un sombrío y espeso bos-que de tamariscos y gruesos álamos del Éufrates. En total, según mis cálcu-los, desde la aduana hasta las espesas y terrosas aguas del río bíblico, con-tabilicé alrededor de tres kilómetros y medio. Aquello significaba casi el lí-mite para la conexión auditiva. Y así se lo hice saber a mi hermano. En lo sucesivo, según lo previsto, las comunicaciones con la «cuna» deberían efectuarse a través del microtransmisor alojado en la sandalia «electróni-ca». Por razones técnicas, estas señales -catapultadas desde la «vara de Moisés»- carecían de retorno. Eliseo, en suma, podía recibir mis mensajes, pero se hallaba incapacitado para responder. De mutuo acuerdo, dado lo excepcional de esta incursión, decidimos no utilizar el láser, salvo en situa-ción de extrema emergencia.
Un sólido puente, con la tradicional silueta de espalda de asno y tres grandes arcadas descansando sobre gruesos pilones y envigados, ayudaba a salvar las aguas del alto Jordán, que en aquel punto y con sus 80 metros de anchura, pasaban raudas, silenciosas y cargadas de troncos y maleza. (Al no poder construir grandes bóvedas rebajadas, los ingenieros romanos -autores también de aquel puente- habían colocado el suelo central a gran altura, economizando así pilares y arcos y defendiendo la estructura de po-sibles crecidas.) Al otro lado del río, enfrentados a derecha e izquierda del camino, se erguían sendos mojones de un metro de altura, marcando y ad-virtiendo al caminante de su ingreso en los dominios de Filipo.
El paisaje y la vegetación cambiaron radicalmente. El intrincado bosque de álamos continuaba aguas arriba del Jordán, rumoroso y oscilante ante el empuje del viento. A cincuenta pasos del puente, sin embargo, los lugare-ños le habían puesto coto, talando la masa forestal y aprovechando la gran planicie pantanosa que se extendía hasta los lejanos cerros orientales, con-virtiendo aquellos 12 kilómetros cuadrados en un rompecabezas de mini-fundios, acequias, bosquecillos de frutales, alquerías de tejados de paja, molinos y pequeñas piscinas, todo ello cruzado por un laberinto de senderi-llos que, naturalmente, evité a toda costa. Al filo del bosque, la senda prin-cipal se dividía en dos: el ramal de la izquierda culebreaba hacia el noreste,
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lamiendo los árboles y perdiéndose en la vega. Aquel brazo del camino, bastante mejor cuidado que el de la derecha, conducía con toda probabili-dad a la ciudad que resaltaba blanca y airosa -a cosa de 2 o 3 kilómetros-, encaramada en una colina y que, según las recientes informaciones, osten-taba la capitalidad de la Betijá: Bet Saida Julias, en honor de la hija de Au-gusto.
El segundo ramal, por el que obviamente me decidí, seguía casi paralelo al Jordán, esquivando un mosaico de lagunas no muy profundas, de aguas verdosas y poco recomendables, erizadas de cañas, juncos de mar, adelfas, papiros, énulas viscosas y un espinoso entramado de bathah o arbustos enanos que no supe identificar. Espléndidas mariposas zigzagueaban entre los tulipanes de fuego, abriéndose como orquídeas sobre las flores rosadas de las adelfas, las anémonas multicolores, las espontáneas varas de las azucenas o los verdioscuros y perfumados matorrales de menta. Empujados por el viento del oeste, bandadas de inquietos martines pescadores de pe-cho blanco y espalda azul verdosa revoloteaban y planeaban sobre el pan-tano, devolviéndose los ruidosos trinos. Mientras cruzaba aquellos quinien-tos metros imaginé cómo podía ser aquel lugar durante el tórrido verano del Kennereth. Lo insalubre de la zona, con sus colonias de mosquitos, po-día significar un peligro latente para el que deberíamos preparamos.
A un paso de la desembocadura del Jordán, la senda se doblaba hacia el sureste, dejando atrás los pantanos y avanzando recta por un terreno llano y despejado, prácticamente en paralelo a la línea de la costa. A mí izquierda surgieron de nuevo los huertos y cultivos de hortalizas y legumbres, entre los que menudeaban los garbanzos y bancales de habas. Junto a las chozas empecé a distinguir las siluetas de los campesinos, encorvados sobre la tie-rra, acarreando cubos o estáticos y vigilantes bajo los corros de alfóncigos, almendros y sicomoros.
Con los dedos entumecidos por el lastre de las provisiones, opté por hacer una pausa. A la, derecha del camino, a un tiro de piedra de donde me hallaba, se veía y escuchaba el rítmico y sordo redoble de las aguas, preci-pitándose en pequeñas oleadas sobre una playa rocosa. Un intenso y agra-dable olor a algas me reconfortó, recordándome mis lejanos años de juven-tud en el oeste de los Estados Unidos. Pero mi objetivo estaba a la vista. A media milla, pegada a la costa, semioculta por un bosquecillo de afilados sauces y tamariscos del Jordán y ligeramente aupada sobre la vega, Saidan se perfilaba negra y recogida, con algunas endebles columnas de humo blanco rompiendo el azul del cielo. Frente a la pequeña ciudad -quizá debe-ría calificarla de mediana aldea-, inmóvil en la senda de tierra, experimenté una indefinible sensación. ¿Ansiedad? ¿Alegría y tensa emoción? ¿Miedo? Fue como una premonición. Como si «algo» me anunciara que aquellos bri-
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llantes y oscuros muros que se derramaban hasta el lago iban a ser testigos de sucesos y momentos inolvidables...
Reanudé la marcha, pero a los pocos minutos volví a detenerme. Una an-cha franja de la costa aparecía invadida por centenares de pequeñas tortu-gas de corazas verdiamarillentas, inmóviles al sol o renqueando perezosas entre los guijarros y cantos rodados. Eran quelonios de los pantanos, exce-lentes nadadores, parecidos a sus hermanos de tierra, aunque algo más li-geros. Desde aquel instante, tanto en mi memoria como en el banco de da-tos de «Santa Claus», el lugar quedaría registrado bajo la denominación de «playa de las tortugas».
Mientras contemplaba a los simpáticos inquilinos de aquella zona del Ken-nereth, el viento cesó. Y lo hizo tan brusca y repentinamente como había entrado. Poco a poco iría acostumbrándome a este fenómeno, tan frecuente en el lago durante los meses de la primavera y verano. Nuestras observa-ciones posteriores confirmarían la enorme trascendencia de dicho viento del oeste que, puntual, día tras día, soplaba desde el mediodía hasta las prime-ras horas de la tarde, levantando unas olas de regular tamaño, vitales co-mo digo, para la vega de Saidan. Sistemáticamente, durante siglos, aquel oleaje venía arrancando del fondo las caracolas, conchas y granos de basal-to negro que arrastran los ríos, formando en la orilla un ancho talud que ac-tuaba como muro de protección de dicha vega. Esto explicaba, en parte, la formación de las lagunas y pantanos que acababa de atravesar, cuyo nivel se hallaba ligeramente más alto que el del Kennereth.
A un par de centenares de metros de los sauces que abovedaban el cami-no, me detuve por tercera vez. Allí encontré los primeros vestigios de la principal fuente de riqueza de la villa: la pesca. Entre algunas lanchas vara-das, largos patios de redes descansaban sobre el pedregoso terreno. Sen-tados al socaire de las embarcaciones, unos individuos con las cabezas cu-biertas por turbantes y sombreros de paja se afanaban silenciosos en el remiendo de las mallas. Convencido de que me habían visto mucho antes que yo a ellos, decidí probar fortuna. Abandoné la senda y, sin prisas, me dirigí al más próximo. El pescador, como la casi totalidad de los vecinos de Saidan, sólo hablaba arameo. Al preguntarle por el hogar de los Zebedeo, sin dejar de manipular una ancha aguja de madera de doble punta, levantó los ojos y, tras unos segundos de atenta e inquisidora observación de mi atuendo y de la canasta que había depositado sobre los guijarros, respondió con un lacónico «en la playa, frente a la quinta piedra». Y bajando el rostro, sencillamente, me ignoró. Su habilidad en el cosido del arte era asombrosa. El dedo grueso de su pie izquierdo mantenía la red enganchada y tensa, mientras, con la siniestra, iba remendando los desgarros, anudándolos con un recio hilo de algodón entintado.
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En lugar de continuar por la costa, a la búsqueda de la misteriosa «quinta piedra», retomé al camino. Debía ultimar las mediciones iniciadas en la «base-madre». A unos cien metros de la aldea, coincidiendo con los prime-ros sauces y tamariscos, el terreno se empinaba, formando una pendiente de unos 30 grados de desnivel. Como me parece haber mencionado, Saidan se hallaba edificada en una meseta natural a 30 o 35 metros sobre el lago, a buen recaudo de las frecuentes avenidas del Zají y la red de torrenteras que surcaban la vega. A las puertas de la villa consulté el micromarcapasos y el cronómetro digital. La distancia recorrida desde el puente sobre el río Korazín hasta el Jordán se aproximaba a los 4 000 metros. En cuanto a la última etapa -desde los mojones divisorios del territorio al punto donde me encontraba-, los registros arrojaban otros 1 500 metros. Esto hacía un total de 5,5 kilómetros, contando a partir de las afueras de Nahum. El tiempo in-vertido ascendía a 90 minutos. Quizá, sin la engorrosa cesta de las provi-siones y a un paso más vivo, aquella hora y media podía verse sensible-mente rebajada. El cómputo final, desde la «cuna» a la población pesquera de los Zebedeo, quedó fijado en poco más de 7 kilómetros. Sumando otros tantos para el regreso, el tiempo mínimo necesario a consumir en cada una de las incursiones a Saidan debería oscilar en tomo a las cuatro horas. (Es-tos cálculos, como se verá más adelante, fueron de suma importancia a la hora de programar las exploraciones a lo largo de aquella franja costera.)
Y a las 15.30 horas, algo inquieto por el escaso margen de tiempo dispo-nible para mi primera visita al jefe de los Zebedeo, irrumpí en las embarra-das calles de la aldea que había visto nacer y crecer a hombres tan singula-res y privilegiados como Felipe, el intendente, Juan y Santiago y los tam-bién hermanos Andrés y Simón.
¿Qué me reservaba el Destino en aquella recoleta y apacible localidad? A no mucho tardar, entre otras «sorpresas», un sensacional hallazgo, íntima-mente vinculado a la llamada «vida oculta» de Jesús. «Algo» que, al pare-cer, los evangelistas nunca supieron y cuyo depositario era el hombre a quien estaba a punto de conocer.
Tenía que actuar con diligencia. A las 17 horas, como muy tarde, debería emprender el viaje de vuelta a la nave.
Si Nahum, con sus nueve o diez mil habitantes, se presentaba como un núcleo vibrante, en continua agitación, Bet Saida o Saidan, por el contrario, resultó un lugar silencioso, familiar, donde la vida discurría monótona y plá-cidamente. Fue un rincón de gratos recuerdos, en el que la codicia, la bru-talidad y las insidias que imperaban en la vecina Kefar Nahum apenas si fueron detectadas por quien esto escribe.
El camino que me había llevado hasta allí cruzaba Saidan de parte a par-te, constituyendo la única vía principal. Algo así como la «calle mayor» del
lunes, 3 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
CABALLO DE TROYA DE LA PAG 161 A LA PAG 180
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ción de, al menos, tres o cuatro hombres. De momento no podía arriesgar-me a dejar al descubierto el acceso a las intrigantes galerías. Tanto si está-bamos ante una tumba, como si se trataba de cualquiera otra construcción, lo razonable era no llamar la atención de los posibles usuarios o propieta-rios. La población se hallaba relativamente cercana y toda precaución era poca.
Mientras regresaba a la nave medité sobre el particular. Si en verdad nos encontrábamos al lado de un cementerio o de una cripta familiar o colecti-va, nuestra ubicación en la colina podía considerarse óptima. Salvo en los sepelios propiamente dichos, los judíos no eran muy propensos a frecuentar tales lugares; ni siquiera sus alrededores. En este caso, las estrictas normas religiosas sobre impureza por contaminación de cadáveres constituían un excelente y providencial aliado. Pero ¿y si no se trataba de una tumba? La única forma de salir de dudas era desplazar la roca circular, penetrando en el interior. Para semejante aventura, sin embargo, precisaba de la ayuda de mi hermano.
A las 07 horas, rematada aquella primera gira de inspección, retorné al «punto de contacto», dando cuenta a mi compañero de cuanto había obser-vado. Al referirle el descubrimiento del posible cementerio se mostró tan inquieto como yo. Y, de mutuo acuerdo, decidimos explorar el circo basálti-co en cuanto nos fuera posible.
Una hora después, ultimados los preparativos para el siguiente e inapla-zable objetivo, la «cuna» se elevó hasta el nivel de estacionario (800 pies), iniciando así la operación de barrido televisual del lago y de las tierras próximas al litoral, hasta una distancia de cinco kilómetros. Estas imágenes, junto al perfil topográfico levantado por los altímetros «gravitatorios», eran vitales para el sistema de conducción del «ojo de Curtiss». Partiendo del lu-gar de asentamiento del módulo, los especialistas de Caballo de Troya habí-an «parcelado» dicho entorno del mar de Tiberíades en un total de 13 sec-ciones, de cuatro kilómetros de longitud por otros cinco de profundidad, respectivamente. Cada una de ellas fue identificada con la palabra clave «Galilea» y el número correspondiente. Aunque las fuentes evangélicas no eran muy precisas, todos los indicios apuntaban a las áreas «Galilea-1» y «Galilea-2», en la zona norte del lago, como los posibles escenarios de las apariciones de Jesús de Nazaret en la mencionada región.
Y el módulo, siguiendo el programa director, se dirigió hacia el nordeste. En los campos y veredas se apreciaba ya una cierta actividad. Campesinos, bueyes, carretas y pequeños rebaños de cabras entraban o salían del nú-cleo urbano que, a priori, asociamos con Cafarnaum. Esta aldea -quizá de-bería calificarla de ciudad- corría paralela a la línea de la costa, con una ex-tensión aproximada de 1 800 pies (600 metros), por otros 900 de anchura
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(alrededor de 300 metros). Formaba una media luna, materialmente enca-jonada entre el mar y una serie de suaves cerros, que descendía en cascada desde el norte. Un pequeño río -que identificamos en nuestras cartas como el Korazim- desembocaba en el extremo oriental de la población. La ancha senda que bordeaba el lago y que yo había localizado desde lo alto de la co-lina no era la misma que continuaba hacia el este. A las afueras de la locali-dad torcía hacia el norte y, casi paralela al Korazim, se perdía entre lomas y bosques, pasando muy cerca de la blanca y empinada aldea que habíamos identificado con ese mismo nombre: Korazim o Corazain. Días más tarde averiguarla que se trataba de una importante arteria romana la vía Maris-que, pasando por Magdala, rodeaba las costas occidental y norte del mar de Tiberíades, dirigiéndose al Mediterráneo, hacia Tiro.
A pesar de lo vertiginoso de nuestro vuelo, uno de los aspectos que nos llamó la atención del siempre supuesto Cafarnaum fue su puerto. Como tendríamos oportunidad de comprobar a lo largo de aquel «circuito», el Kennereth carecía entonces de ensenadas que hicieran el papel de puertos naturales. Esta seria deficiencia había sido salvada mediante la construcción de terraplenes -generalmente formados por bloques de basalto- que hacían las veces de rompeolas. En el caso de Cafarnaum, este dique (cuyo corte vertical se asemejaba a un trapecio) alcanzaba una longitud respetable: 2 100 pies (700 metros). Se hallaba adosado a la línea de la costa y de él na-cía una decena de atraques -perfectamente perpendiculares a dicho terra-plén-, rectangulares y en forma de punta de flecha, con dimensiones
que oscilaban entre 10 y 15 metros. A sus costados se alineaba un cente-nar de pequeñas y medianas embarcaciones.
Quedamos maravillados...
Creo que debo insistir en ello. Desde el aire, la frondosidad de aquella parte de la Galilea se presentó en toda su magnitud. Lo que hoy, en pleno siglo xx, puede contemplar el nativo o el visitante que se asoma al lago, es una triste y empobrecida reliquia. Los bosques de cipreses, encinas velan¡, «de agallas», algarrobos, alfóncigos, acebuches, palmeras y plátanos orien-tales, entre otras especies, se disputaban las orillas de los ríos, las barran-cas, las lenguas de tierra y las laderas de los promontorios. Y entre seme-jante espesura, todo un laberinto de parcelas y campos de cultivo, sólo comparables, en cierto modo, al espléndido oasis de Jericó. Aquél iba a ser nuestro «teatro de operaciones». Y, sinceramente, me sentí reconfortado.
La segunda «parcela» -«Galilea-2»- comprendía la desembocadura del Jordán y una amplia vega de casi 12 kilómetros cuadrados, surcada por cuatro ríos principales y una compleja trama de afluentes y torrenteras. Las recientes lluvias habían multiplicado su caudal que penetraba marrón y vio-lento en el ángulo nororiental del lago. Estos ríos (conocidos hoy como Na-
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jal Mesusim, Najal Yehudiyeh, Najal Daliot y Najal Shemafnún) descendían desde los riscos basálticos situados al este (en la actualidad denominados alturas de Golán), a una altitud de 800 a 1000 metros, recorriendo distan-cias que oscilaban entre los 20 y 30 kilómetros. Esta inclinación proporcio-naba a sus aguas una estimable fuerza, arrastrando toneladas de piedras y tierra que terminaban por detenerse en la vega, transformando el lugar en un bellísimo mosaico de lagunas de todos los tamaños, muchas de ellas comunicadas entre sí. Los materiales menos densos -guijarros, arcilla y granos de basalto- eran conducidos hasta el lago, configurando en la des-embocadura un amplio delta que según las fotografías infrarrojas se prolon-gaba bajo las aguas. En el examen posterior de las filmaciones comproba-mos que aquel fértil y paradisíaco rincón del mar de Tiberíades se hallaba cruzado por quince arroyos que se fundían a corta distancia de la costa, formando dos estanques cuya anchura superaba incluso la del Jordán. (La más grande de estas lagunas recibía en su seno el caudal de siete arroyos: cinco procedentes del Najal Mesusim y dos del Ychudiyeh. Al comparar es-tos datos con los suministrados a los especialistas de Caballo de Troya por el Kermereth Limnological Laboratory y por el investigador israelí Mendel Nun, una de las máximas autoridades en el estudio del mar de Tiberíades, llegamos a la conclusión de que aquella área norte no había cambiado, en lo sustancial, durante los dos últimos milenios. No sucedería lo mismo con otras zonas del Kermereth.) En cuanto al segundo estanque, fue identifica-do como el actual Nahar Al-Magarsa, conocido por el nombre de Masudiya. Bajo la espesa vegetación que semiocultaba estas lagunas -algunas de has-ta tres metros de profundidad-, las tomas IR detectaron una variada colonia de aves acuáticas, así como zonas pantanosas en las que proliferaban repti-les, tortugas y nutrias. Todo un paraíso en el que, por elemental prudencia, no deberíamos entrar. A kilómetro y medio de la margen izquierda del Jor-dán, al oeste de las desembocaduras de dos ríos menores (quizá el Zaffl y el Masudiya) y en mitad de la exuberante vega, descubrimos otro núcleo humano, de apenas 300 metros de longitud, con pequeñas casas cúbicas, tan negras como las del supuesto Cafarnaum. Sinceramente no supimos qué pensar. ¿Se trataba de Bet Saida? La «casa de los pescadores» -traducción de Bet Saida- era otro de mis objetivos. Allí, de acuerdo con las citas de los evangelistas, se habían registrado algunos de los prodigios del rabí. Lamentablemente, ni los arqueólogos ni los estudiosos cristianos se han puesto de acuerdo sobre la verdadera ubicación de la villa o poblado en el que habían nacido Andrés, Simón Pedro y Felipe. Nuestra confusión fue completa al verificar que, sobre una colina situada a unos tres kilómetros al norte -muy cerca del cauce del Jordán- se erguía otro asentamiento, nota-blemente superior al existente en la costa, en el que brillaban al sol una se-
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rie de blancas y airosas construcciones, entre las que destacaba una espe-cie de palacio fortificado. Quizá esta última ciudad, edificada sobre un pro-montorio de 30 metros de altitud y de paredes escarpadas, era la mítica Bet Saida Julias, mencionada por Yosef ben Matatiahu (más conocido por Flavio Josefo) en su Guerra de los judíos (3, 10, 7). En dicho libro, el general e historiador judío romanizado asegura que, antes de desembocar en el lago, el Jordán pasa junto a la ciudad de Julias. Pero, en ese caso, ¿cómo inter-pretar el nombre de Bet Saida o «casa del pescador»? Si se trataba de un pueblo habitado por pescadores lo más lógico es que se hallara a orillas del mar de Galilea y no a tres kilómetros tierra adentro y en lo alto de una lo-ma. La solución, elemental, llegaría horas después, al recorrer el puerto de Cafarnaum.
Este segundo núcleo costero disponía también de un pequeño puerto, formado por un espigón que arrancaba perpendicular a la línea del litoral, adentrándose 200 metros en el lago y girando después, en ángulo recto, en dirección noroeste.
A unos cinco kilómetros del Jordán -en un paraje denominado hoy Jirbert A-Diqa- nacía otra interesante construcción: una acequia de dos metros de anchura cuyos muros habían sido excavados en la roca viva, conduciendo el agua a través de la vega, en una extensión de 16 kilómetros. A lo largo de esta importante obra se alineaba un sinfín de granjas y molinos.
En las cinco secciones siguientes -hasta el extremo sur del lago contabili-zamos ocho núcleos humanos de cierta relevancia -la mayoría junto a las aguas- y una infinidad de pequeñas concentraciones de chozas y alquerías, diseminadas por los cerros. Obviamente carecíamos de una información fi-dedigna y la definitiva identificación de los mismos no llegaría hasta la ter-cera exploración. A unos 8 kilómetros de la desembocadura del Jordán, casi en el «ecuador» del lago, un río de mediana entidad se precipitaba entre bosques y barrancas, dividiendo aquel sector oriental de la costa en dos grandes mitades. El trazado del do era muy similar al que aparecía en nues-tros mapas, proporcionados por el Servicio Cartográfico del Ejército Israelí. Probablemente se trataba del Samak. Esto nos ayudó a identificar, aunque sólo fuera provisionalmente, algunas de las poblaciones. Así, de norte a sur, creímos localizar las milenarias «ciudades» de Kefar Aqb¡ya, Kursi (también conocida como Gerasa), Ein Gafra, Susita o Hipos (una de las más pobla-das), En Gev y KefarZernaj, entre otras.
En total, a lo largo del litoral este, contando el de la supuesta Bet Saida, sumamos siete puertos.
Al sur de la sección «Galilea-2», relativamente cerca de la zona pantano-sa de¡ ángulo nordeste, se asentaba el primero y más septentrional de es-tos ocho núcleos: una recogida concentración de casitas de terrados ocres y
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que, según «Santa Claus», podía ser el origen de un pueblecito árabe, des-aparecido en 1967, que recibía el nombre de Duqat o Duqa. Aquel villorrio, como la mayoría, parecía vivir de la pesca y de la agricultura. Disponía de un embarradero de 100 metros de longitud, rematado por un arco que se dirigía hacia el norte. El nadar estableció la anchura del terraplén, en su ba-se, en cinco metros. La ensenada, con una profundidad de cuatro metros, daba refugio a media docena de embarcaciones de mayor eslora que las que pululaban por el lago. Era muy posible que se tratase de barcos más pesados, destinados quizá al transporte de mercancías.
Desde el supuesto Kefar Aqb¡ya, el mar ganaba terreno, formando una discreta bahía de 2 kilómetros de longitud. Pues bien, en el centro del sua-ve entrante, sobre una pequeña colina natural de 20 metros de altura, Eli-seo y yo descubrimos una curiosa construcción: algo parecido a una torre-fortaleza circular, con un segundo muro -también circular- en su interior. El diámetro de la muralla exterior era de 68 metros. El de la interior alcanzaba los 50. La considerable obra, con muros de 3,5 metros de espesor y entre 2 y 3 metros de altura, nos intrigó sobremanera. Pero el banco de datos del módulo no disponía de una información clara al respecto. Parece ser que había sido construida en tiempos del Primer Templo y con fines puramente defensivos, como un eslabón más en la cadena de fortificaciones judías que vigilaba los caminos del este. (Además del estrecho, y polvoriento sendero que descendía desde el norte, circunvalando el litoral, aquella región del Kennereth se veía favorecida por una espléndida calzada romana que, pro-cedente de Scytliópolis, en el sur, sorteaba montes y vaguadas, pasando junto a varias de las ciudades (¿Hipos y Gerasa?) y al pie mismo de la to-rre-fortaleza circular, perdiéndose en dirección nordeste.)
En la sección «Galilea-4», a cosa de 12 kilómetros del Jordán, junto a la desembocadura del probable río Samak, arrancaba un auténtica ciudad: la más extensa y hermosa de aquella franja del Kermereth. A ambas márge-nes del río se abría un fértil valle de tres kilómetros de longitud por otros cuatro de anchura, intensamente cultivado. La ciudad, asentada al sur del cauce, ocupaba casi la mitad del valle, con una nutrida representación de edificios grecorromanos, entre los que descollaban una colosal columnata circular; dos anfiteatros y un hipódromo. La puntual referencia del Samak nos hizo sospechar que estábamos ante la evangélica Kursi o Gerasa. (En alguno de los abruptos montículos que cerraban el valle podía haber tenido lugar el famoso incidente de la piara de cerdos que, según los Evangelios, se arrojó al mar como consecuencia de la «curación» del endemoniado por el rabí de Nazaret. Éste era otro de los incontables y atractivos motivos que justificaban nuestro futuro «salto» a la «vida pública» del Maestro. ¿En ver-
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dad había sucedido tal y como nos lo cuentan los escritores sagrados? Pero demos tiempo al tiempo.)
«Santa Claus» nos puso en alerta. Kursi, según sus informaciones, alber-gaba entonces una notable. guarnición romana, dependiente de las legiones estacionadas en Sina. El dato, en previsión de futuros encuentros con los legionarios, fue tenido muy en cuenta.
El puerto de Gerasa, en consonancia con la ciudad, era también uno de los más grandes y mejor dotados de la costa oriental. Un terraplén, que hacía las veces de rompeolas, partía el litoral, curvándose en forma de arco y con una longitud de 150 metros. En su zona norte se interrumpía, for-mando una estrecha bocana. En tierra, un muelle de 100 metros y 25 de anchura, completaba el recinto portuario.
El gran terraplén había sido confeccionado a base de gruesas moles de basalto de hasta un metro de espesor, sólidamente reforzado en sus flan-cos. Al norte del embarcadero detectamos también una «piscina» rectangu-lar de 3 por 5 metros, pulcramente blanqueada en su interior y repleta de peces vivos. Estábamos ante una insólita y eficaz «piscifactoría»... La «pis-cina» no se nutría del agua del lago, sino a través de una acequia que par-tía del río Samak. (Las sorpresas en el tema de las construcciones hidráuli-cas fueron constantes.)
Los sondeos del radar pusieron de manifiesto la presencia, frente a la desembocadura del río, de un extenso banco de piedras que, a todas luces, hacía de aquel lugar una de las áreas más ricas en pesca. Estas deduccio-nes se verían plenamente confirmadas en la última expedición. De hecho, el término samak, en las lenguas ugarítica, árabe y aramea, significa «pez» y «peces».
A corta distancia de Kursi, siempre hacia el sur, al pie de un montículo de 44 metros de altitud, las tomas infrarrojas y los sensores exteriores detec-taron un manantial de aguas sulfurosas, brotando a 30 grados Celsius. Este tipo de fuentes termales -en especial en la orilla occidental- resultó algo común y sabiamente aprovechado por los naturales del Kennereth. A medio kilómetro de este promontorio, otra fuente similar irrumpía en las aguas del lago, provocando una permanente y blanca «nube» de azufre en suspen-sión.
Ya en la sección 5, junto a minúsculas aldeas portuarias que no supimos identificar, sobrevolamos el segundo puerto importante de la costa este. La verdad es que las dimensiones y configuración de los muelles no se corres-pondía con la treintena escasa de pequeñas construcciones que conforma-ban el villorrio situado al pie de los rompeolas. Esta aldea, a su vez, se hallaba comunicada con una población mucho más densa, encaramada a 350 metros sobre el nivel del lago, en una meseta aislada y separada del
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mar por un par de kilómetros. La calzada romana ascendía hasta lo alto de la ciudad, ramificándose después en otra vía secundaria, más estrecha, que concluía en el citado puerto. Éste, como venía diciendo, presentaba unas características únicas. El rompeolas principal tenía una longitud de 120 me-tros, con una anchura, en su base, de 5 a 7 metros.
Partía perpendicular a la costa y, a los 15 metros, cambiaba de dirección, discurriendo paralelo al litoral, con rumbo sur. Este segundo tramo alcanza-ba una longitud de 85 metros. Súbitamente, el terraplén variaba de orien-tación, enfilando hacia el oeste. Esta curiosa Z invertida, maltratada sin du-da por los vientos del sur, había sido «cerrada» por un segundo rompeolas de 40 metros, que arrancaba en perpendicular desde la costa. Lo que más nos intrigó fue aquel muelle de 20 metros de longitud que se aventuraba hacia el oeste, en aguas relativamente profundas (entre 4 y 5 metros). Qui-zá sirviera para el atraque y operaciones de carga y descarga, sin necesidad de penetrar en el puerto. (Durante el tercer «salto» despejamos esta incóg-nita, así como el porqué de aquella área portuaria, tan desproporcionada. Puedo adelantar que el villorrio de pescadores y la ciudad de la meseta (Hipos o Susital eran en realidad una misma población. Había sido fundada a mediados del siglo ni a. de J.C. como un floreciente emporio helenístico. Tras caer en manos de Pompeyo y adherirse al pacto que vinculaba a las ciudades de la Decápolis, fue reconstruida, creciendo y transformándose en la segunda entidad urbana de la costa oriental del mar de Tiberíades.)
Al entrar en la «parcela» 7, la nave fue girando, enfilando el radial 260. Aquel recorrido sobre el extremo meridional del lago fue especialmente con-fuso. En los mapas de Caballo de Troya se apuntaba la existencia de al me-nos, tres o cuatro ciudades de cierto realce: Bet-Yeraj, Senabris, Tarichea y Kinnereth o Kennereth. A la hora de la verdad, las cosas no fueron tan sim-ples como habían previsto y dibujado los expertos. El sur del lago era un «todo» urbano.
Seguramente estas poblaciones estaban allí, pero tan entrelazadas que, desde nuestros 800 pies de altitud, resultaba imposible precisar dónde em-pezaba una y en qué lugar terminaba otra. Cientos de casas, edificios públi-cos, torres, graneros, villas rústicas y chozas se desparramaban en una planicie de casi cuatro kilómetros. De semejante «metrópoli», si se me permite la expresión, partían varias rutas caravaneras. Una hacia Scythópo-lis, en el sur. Otra subía por el este del lago y una tercera remontaba el lito-ral occidental. A este nudo de comunicaciones había que añadir una intrin-cada tela de araña de veredas y caminos secundarios que sorteaban y deli-mitaban un sinfín de parcelas de regadío, bosquecillos de frutales y la masa verdeazulada de la «jungla» que abovedaba la segunda desembocadura del Jordán. El progreso de aquellos núcleos humanos debía de ser espléndido, a
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juzgar, por ejemplo, por uno de los graneros situado a un kilómetro de la orilla sur del Kennereth: de construcción circular, disponía de diez torres de 8 a 9 metros de diámetro cada una.
Al contrario de lo observado en el resto del lago, este rincón carecía de puertos artificiales. Las escasas embarcaciones se alineaban en la desem-bocadura del río y en una laguna de 200 metros de longitud por 50 de an-cho, emplazada al sur de la referida segunda desembocadura. El brazo de tierra que separaba dicha laguna del lago de 2 a 6 metros de espesor pare-cía enteramente natural. Probablemente se había formado por el arrastre de sedimentos y el continuo embate de las olas. Los lugareños se limitaron a estrechar la boca de la ensenada, en la zona sur, con un breve terraplén de cuatro metros.
En aquellos momentos no nos percatamos de otro interesante fenómeno. Al estudiar y contrastar las imágenes y los datos recogidos en el «circuito aéreo», comprobamos que, en aquel tiempo, la segunda desembocadura del Jordán no discurría por los derroteros que hoy conocemos. El antiguo cauce se hallaba a kilómetro y medio más al norte. (En el siglo xx; entre la moshava de Kinnereth y el tell de Bet-Yeraj. «Santa Claus» esclarecería en parte el asunto. Al parecer, aunque arqueólogos, geólogos y demás exper-tos no están muy de acuerdo, las causas de esta variación en el curso del río habría que buscarlas en un intenso seísmo, registrado poco después de la época bizantina; es decir, hace unos mil años.
Otra de las obras a destacar en aquel tramo suroccidental del mar de Ti-beríades, que ponía de manifiesto el grado de prosperidad y desarrollo «técnico» de la Galilea de Jesús, era una «tubería» de 20 kilómetros de longitud que, partiendo del río Yavneel, al sur, se dirigía al norte, cruzando las poblaciones meridionales del lago y la ciudad fortificada de Hamat, para morir en la espléndida y luminosa Tiberíades. Esta singular obra de ingenie-ría, construida al cielo abierto, descansaba sobre decenas de pequeños puentes, avanzando penosamente al pie de las colinas y ramificándose en multitud de acequias y canalillos que abastecían de agua a los asentamien-tos humanos, a los molinos harineros y a la agricultura. (Más adelante tu-vimos conocimiento de que esta vital conducción de aguas se debió al es-fuerzo mancomunado de Tiberíades, Bet-Yeraj y Senabris.) A cinco kilóme-tros y medio al norte de la primitiva segunda desembocadura del Jordán, la «¿una» sobrevoló Hamat, una de las tres ciudades fortificadas del territorio de la tribu de Neftalí. También aquí fueron detectadas fuentes termales. En realidad, de no haber sido por la muralla que la envolvía, Hamat habría pa-sado ante nuestros ojos como una prolongación de Tiberíades ubicada a continuación.
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¿Cómo describir la «perla» del lago? Tiberíades, sin lugar a dudas, era en-tonces la capital del Kennereth. Desde la puerta norte de la muralla de Hamat se estiraba blanca e impecable a lo largo de una estrecha franja de litoral de apenas 500 metros, con una extensión de una milla. Un monte de 190 metros de altitud cubría su flanco oeste. En la falda, Herodes Antipas había levantado un espeso muro de 45 pies de altura que, zigzagueando, servía de protección a la novísima ciudad. En la cumbre del promontorio se erguía la más poderosa de las fortalezas de aquella región de la Galilea: un castillo de sillares negros y esbeltas paredes de caliza que centelleaban al sol y que, como pudimos comprobar en su momento, constituía el palacio de invierno del detestable hijo de Herodes el Grande.
Esta cadena de colinas, que protegía Tiberíades de los racheados vientos del oeste, se hallaba horadada por numerosas cuevas. En una de ellas, abierta hacia poniente y a no mucha distancia de la cara occidental del cas-tillo, los sensores detectaron una fuerte corriente de aire caliente, así como altos índices de vapor de agua. Sospechamos que la gruta en cuestión de-bía estar conectada con alguno de los numerosos manantiales de aguas termales que desembocaban también a orillas de la ciudad.
Tiberíades era un modelo de construcción típicamente heleno. Una vía principal se abría paso de norte a sur, con dos puertas monumentales en sus extremos. El resto, trazado a escuadra, giraba en torno a dicha arteria, con calles, plazas y jardines meticulosamente diseñados, cuajados de edifi-cios que rivalizaban en mármoles, columnatas y fuentes públicas. (Cuando el Destino quiso que mi hermano y yo entráramos en Tiberíades, la magnifi-cencia del lugar nos sobrecogió. Sólo el número de sinagogas era entonces de trece y su mercado, teatros y el edificio del Consejo Ciudadano supera-ban todo lo imaginable.)
El puerto nos decepcionó. Aún siendo espacioso, no se hallaba equiparado al rango de la ciudad. Aparecía, además, a medio terminar. Tres rompeolas de 100, 200 y 80 metros, respectivamente, formaban con el muelle costero un «rectángulo», abierto por el norte y, eso sí, hábilmente protegido de los temibles vientos del este (el sharq¡ya) y del sureño y tempestuoso q¡bela.
A unas dos millas y media al norte de Tiberíades, siguiendo la costa occi-dental, localizamos las ruinas de una pequeña población -posiblemente la antiquísima Raqat-, esparcidas en terrazas en la falda este del hoy denomi-nado tell de Aqlatiya. A sus pies moría un modesto río, cruzado por las ce-nicientas y erosionadas planchas de piedra de una de las ramificaciones de la vía Maris. En el pequeño delta brotaban otras cuatro fuentes termales. Las tomas IR contabilizaron hasta siete corrientes submarinas con tempera-turas de 30' C que se perdían mar adentro, a 12 metros de profundidad. En la base del tell fueron captadas imágenes de dos albercas circulares de 8 y
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12 metros de diámetro, respectivamente, con muros enormes, de algo más de 5 metros de altura. El agua almacenada en las mismas debía servir para el riego de las tierras colindantes, así como para el de buena parte del valle que se prolongaba, a expensas del río, hasta el desfiladero del Hittim, en el oeste. (Esta angosta garganta, también conocida como los «cuernos de Hit-tim o Hattim», se halla en el camino de Nazaret al lago y, como detallaré en su momento, resultó de gran utilidad para nuestros propósitos de ocultación del módulo.)
El último tramo de este periplo -parte de la parcela 12 y la «Galilea-13»- fue sencillamente espectacular. A nuestros pies se abrió el mítico «jardín de Guinosar»: un valle de casi 7 kilómetros cuadrados donde no fue posible descubrir un solo palmo de tierra sin cultivar. Era un auténtico vergel, col-mado de nogales, palmeras, olivos, higueras y cientos de medianos y pe-queños huertos, abundantemente regados por tres ríos que descendían de la cordillera noroccidental (los llamados «montes de Galilea»), situada a co-sa de 6 kilómetros de la costa del Kennereth. Esta vega, cantada por Jose-fo, era el orgullo de todo el mar de Tiberíades. Estrecho en sus extremos, el valle iba ensanchándose, hasta alcanzar una anchura máxima de kilómetro y medio. El «jardín» aparecía prácticamente dividido en dos por una colina pedregosa cuya falda oriental resbalaba con dulzura hasta la costa. Sobre dicha ladera contemplamos por primera vez una ciudad de 3 000 pies de longitud. Una ciudad menos ampulosa que su vecina Tiberíades, de calles empedradas y casas de una planta que descendían hasta un puerto, muy similar al de Cafarnaum, en el que hombres, lanchas y reatas de caballerías se mezclaban en frenética actividad. Aquella población, en la que pasaría-mos horas entrañables, era Migdal o Magdala: la ciudad de la Magdalena. A su alrededor, entre la espesura, espejeaban acequias, canales y albercas de todas las dimensiones. Dos, en especial, nos desconcertaron por sus dimen-siones y ubicación. La primera, en la ladera sur de la colina, tenía 27 me-tros de diámetro. La segunda, en mitad de la población, había sido cons-truida sobre una torre circular de 6 metros de altura. La abundancia de agua en Migdal y en el resto de la vega quedó explicada, no sólo por el caudal de los ríos, sino, sobre todo, por los ricos manantiales subterráneos que afloraban por doquier. Uno de estos veneros (hoy conocido por el nom-bre de Ein-Nun) proporcionaba del orden de dos millones de metros cúbicos de agua al año. La mayor parte de este caudal desaparecía en el lago en forma de arroyo. Y fue allí, en la desembocadura del torrente, donde los sistemas de a bordo descubrieron algo que nos alarmó: las aguas contenían un gas noble -el radón- y un índice de radiactividad superior al tolerado por el organismo humano. Las investigaciones posteriores, in situ, confirmarían que una parte de la población de Migdal y de cuantos bebían habitualmente
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de dicha fuente se hallaban aquejados -en mayor o menor medida- de una dolencia bien conocida en el siglo XX.
A 500 metros al norte del puerto de Migdal se destacaba el último de los asentamientos humanos en aquella zona de la costa. Presentaba un peque-ño embarcadero y sus dimensiones eran notablemente inferiores a las de la industriosa villa de la Magdalena. Según el computador central, dada su ubicación -muy próxima al picacho denominado Kinnereth-, podía tratarse de una casi olvidada aldea bíblica, de nombre Guinosar, mencionada por Marcos, el Evangelista, en su capítulo 6, versículo 53: «... y pasaron (Jesús y sus discípulos) y llegaron a la tierra de Guinosar y se acercaron a la costa. Y todavía estaban saliendo del barco cuando los lugareños lo reconocieron.»
Dos kilómetros más arriba, cerrando el valle, divisamos al fin las escarpa-das y rojizas paredes del referido Kinnereth, con sus 87 metros de altitud. Al otro lado, a media milla, se hallaba el «punto de contacto»: la «base madre-2».
Muy próximo al Kinnereth sobrevolamos el no menos «evangélico» rincón de Tabja (en griego, Heptapegón: lugar de las «siete fuentes»), que la tra-dición cristiana asocia a la pesca «milagrosa». (Una tradición, dicho sea de paso, igualmente equivocada. La famosa «pesca», como pude constatar, ni fue «milagrosa», ni sucedió en aquella minúscula bahía, tan apreciada por los pescadores galileos.) En realidad, más que una aldea, el paraje, con su media docena de chozas, parecía un reducto «industrial», con tres fuentes importantes e incontables manantiales que surtían de agua a un complejo «aparato» hidráulico, integrado por molinos y una espesa red de canales. Uno de los veneros, localizado en el fondo de una piscina octogonal de 20 metros de diámetro y 8 de profundidad, nos dejó atónitos. Su caudal osci-laba entonces entre los 1 500 y 3 000 metros cúbicos a la hora. En aquellos momentos no comprendimos la utilidad de tales aguas, de naturaleza sulfu-rosa y aflorando a 27 grados Celsius. La cala, de una gran riqueza piscícola, había sido habilitada mediante dos muelles de 50 y 35 metros. El primero en forma de arco. El segundo, perpendicular a la costa. Y a las 08 horas, 7 minutos y 8 segundos, después de un vuelo casi perfecto, la «cuna» se po-saba por segunda vez sobre la laja de piedra de la ladera sur del hasta esos momentos supuesto monte de «las Bienaventuranzas». Como es de supo-ner, aunque el control durante el periplo de circunvalación del lago fue con-tinuo, nuestra primera preocupación -casi obsesión- al tomar tierra estuvo centrada en las reservas de combustible. El gasto, tal y como fijara «Santa Claus», no sobrepasó las dos toneladas: 1 988,6 kilos. Esto reducía el vo-lumen total a un 47,5 por ciento. A partir de ese instante, si en verdad de-seábamos volver a Masada, la ignición del J 85 debería quedar sellada o,
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como mucho, limitada a una o dos operaciones de escasísima duración. El traslado de la nave a un lugar seguro constituiría una de estas maniobras.
De acuerdo con lo programado, aquel martes, hasta bien entrada la no-che, lo destinamos a la puesta a punto de las imágenes, perfiles topográfi-cos y mapas que deberían servir de «guía» y «sustentación» al «ojo de Cur-tiss». El laborioso trabajo -vital para la obtención de un máximo de datos en las apariciones que se avecinaban- nos deparó algunas sorpresas, muy sugestivas desde el punto de vista científico. Por ejemplo: aunque su forma de pera invertida y sus dimensiones no han variado aparentemente, los análisis revelaron que, hace dos mil años, el lago era ligeramente más es-trecho. La línea de la costa pasaba por lugares hoy sumergidos. (La casi to-talidad de los puertos descritos se halla en la actualidad oculta bajo las aguas. Afortunadamente, merced a las modernas técnicas de arqueología y exploración submarinas, estos restos están siendo ubicados. Dios quiera que, en un futuro, cuanto aquí se narra pueda ser ratificado por esta mo-derna disciplina científica.) Esto significa que, en tiempo de Jesús, el nivel del mar de Tiberíades era sensiblemente más bajo: unos dos metros res-pecto a lo que hoy podemos contemplar.
También fue posible constatar otro interesante fenómeno: el Kennereth se «mueve» hacia el sur. Ello se debe a un doble proceso. Por un lado, el continuo batir de las olas está minando y haciendo retroceder la costa me-ridional, a razón de 10 centímetros por año. En el extremo opuesto, a su vez, se da un fenómeno contrario: las aportaciones de sedimentos del Jor-dán ensanchan el delta, haciendo avanzar la línea nororiental de la costa.
El perfil submarino del lago nos interesaba especialmente. Un exacto co-nocimiento de su configuración podía proporcionarnos elementos de juicio para, en un futuro, valorar en su justa medida algunos de los «prodigios» protagonizados por el rabí y a los que aluden los textos evangélicos. Perso-nalmente, la famosa tempestad que -según las Escrituras- fue calmada por Jesús y la pesca «milagrosa» habían despertado mi curiosidad. ¿Ocurrieron estos hechos tal y como son narrados por los evangelistas? Por ello, como digo, era importante conocer su estructura, con4entes, vientos y demás factores meteorológicos, físicos, geográficos y bioecológicos, propios del Kennereth. Comprobamos, por ejemplo, que su fondo era asimétrico. La costa oriental descendía bruscamente. Allí, entre Ein-Guev y Kursi, regis-tramos la máxima profundidad: «-253» metros bajo el nivel del Mediterrá-neo. (La altura media del nivel del lago era entonces de 208 metros bajo el nivel del citado mar Mediterráneo. Hoy, el Kennereth oscila alrededor de los 2 10 metros, aunque en muchos mapas modernos, por error, figura la cifra de 212. Esto hace del mar de Tiberíades el lago de agua dulce más bajo del mundo.) Estos 253 metros representaban una «fosa» de 41 metros. El lito-
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ral oeste, en cambio, a excepción del área de la ciudad de Tiberíades, caía en forma más suave. El resto de la cuenca arrojó una profundidad media de 25 metros, con un volumen aproximado de agua de 4 300 millones de me-tros cúbicos.
Las imágenes infrarrojas explicarían el porqué de las extensas franjas marrones que coloreaban la superficie del lago en aquellos momentos y que, en un primer análisis, interpretamos como arrastres terrosos proce-dentes del Jordán y de los restantes ríos. Estábamos ante una masiva colo-nización de algas, del tipo peridinium. Obviamente, tal y como preveía Ca-ballo de Troya, los estudios del Kennereth deberían ser culminados desde tierra. Eliseo sería el responsable de buena parle de estas comprobaciones científicas, que abarcaban capítulos tan ambiciosos como el seguimiento de los ciclos del nitrógeno y del fósforo, de la cadena alimenticia del lago, in-formes sobre sus diferentes capas, fitoplacton, transparencia, oxigenación y niveles de sus aguas, principales corrientes y vientos, salinidad, evaporiza-ción, naturaleza de los manantiales sulfurosos, fauna y, en general, todo lo que concierne a la moderna ciencia «limnológica» (estudio de los lagos). Este banco de información, amén de enriquecernos y de enriquecer al pro-yecto, fue de una inestimable ayuda en las correrías y aventuras en las que nos vimos envueltos a partir de entonces. Pero debo proseguir, porque las fuerzas me abandonan y es mucho lo que resta por contar..
Como creo haber explicado, una de las reglas de la operación prohibía la presencia de los expedicionarios en momentos, digamos, de cierta «intimi-dad» entre Jesús y sus discípulos. Así había ocurrido, por ejemplo, en el transcurso de la llamada «última cena». En este caso, la situación fue com-pensada con informaciones indirectas y mediante la ocultación de un micró-fono de especial sensibilidad en el farol que alumbraba la mesa del cenácu-lo. Sin embargo, a la vista del grave riesgo que suponía el abandono aun-que sólo fuera temporalmente de estos dispositivos electrónicos en un mar-co histórico improcedente, los directores de Caballo de Troya convinieron en reemplazar tales sistemas por otro, infinitamente más seguro y eficaz. Y el general Curtiss, con su proverbial habilidad, consiguió del AFOSI (Oficina de Investigaciones Espaciales de la Fuerza Aérea Norteamericana) un prototipo casi «mágico» que, en justa correspondencia, fue bautizado por los hom-bres del proyecto como el «ojo de Curtiss». La «cuna» fue dotada de seis de estas maravillas de la ingeniería electrónica: unas esferas de acero de 2,19 centímetros de diámetro, totalmente blindadas, susceptibles de ser lanzadas desde el módulo y, convenientemente apantalladas en la banda del espectro IR, teledirigidas a distancias no superiores a los 10 kilómetros, pudiendo inmovilizarse, incluso, a una altitud de 1000 metros. Estos equi-pos -que harían hoy las delicias de los servicios de espionaje del mundo-
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nos permitirían «registrar» escenas y conversaciones que, en condiciones normales, hubieran sido de difícil acceso. En dos de las inminentes aparicio-nes del Resucitado a sus «íntimos» tendríamos ocasión de comprobar el grado de eficacia del «ojo de Curtiss». De no haber sido por él, algunos de los sucesos acaecidos a orillas del lago habrían quedado mutilados o lamen-tablemente deformados.
Se daba, además, otra circunstancia que, por sí misma, justificaba la uti-lización de estos minúsculos, casi «humanos», dispositivos. En el caso, por ejemplo, de las apariciones de Cristo en el lago, ninguna de las citas evan-gélicas refleja con exactitud en qué punto de la costa o de tierra adentro se registraron. Todas las sospechas apuntaban hacia las áreas de Bet Saida o Cafarnaum y hacia la colina de las Bienaventuranzas. Pero esto no era sufi-ciente ni riguroso. De ahí que, llegado el momento, en el supuesto de que no me hallara presente, uno de estos «ojos», previamente programado, podía ser catapultado hasta el lugar, registrando imágenes y sonidos.
Y la jornada fue extinguiéndose. Y Eliseo y quien esto escribe aguardamos impacientes el nuevo día. Los planes de la operación, una vez más, iban a ser modificados sobre la marcha.
19 DE ABRIL, MIÉRCOLES
Mi hermano de expedición, previsor y meticuloso, me previno. Las reser-vas alimenticias y de agua se agotaban. Estas cosas, de aparente poca im-portancia, jugaban también su papel. Y en ocasiones, como se verá, nos forzaron a bruscos cambios en los planes. En este caso, la alteración del programa resultaría providencial. Los víveres, como ya expliqué, habían si-do programados para un total de doce días. Reduciendo la dicta podíamos resistir hasta el mediodía del viernes, 21. Pero tampoco era cuestión de agobiarnos con servidumbres de esta índole. Nuestras fuerzas de servicio inteligencia debían estar prestas ser menos prosaicas. Así que, de mutuo acuerdo, convenimos en romper lo programado por Caballo de Troya. Ese mismo miércoles, 19 de abril, descendería a la cercana población en busca de alimentos. Pero antes, aprovechando la serena y soleada mañana, inten-taríamos solventar Otro asunto.
La colina continuaba desierta. Ello nos animó a poner en marcha nuestra primera salida conjunta del módulo. La temperatura en el exterior -11' C a las 07 horas-, con certeras posibilidades de ir aumentando hasta 21 o 22 hacia el mediodía, y un 49,5 por ciento de humedad relativa, eran signos que anunciaban un día templado, muy adecuado a nuestros propósitos.
Y Eliseo, sin reprimir la emoción, cambió su habitual mono de trabajo por una vestimenta propia de la época, sustancialmente similar a la mía: un
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faldellín o falda corta marrón oscura y una túnica negra, de lino, con dos franjas rojas y paralelas en el centro, que se prolongaban por delante y por detrás, al estilo de las confeccionadas en En-Gedi, en la costa occidental del mar Muerto. El cíngulo o ceñidor, trabajado en cuero y de 10 centímetros de anchura, era diferente al mío. Consistía en una utilísima pieza hueca, idéntica a las halladas en las ruinas de Masada, que permitía guardar dinero y pequeños enseres. Una fíbula de bronce, simulando un arco, hacía de cie-rre.
El calzado para esta fugaz escapada de la nave tampoco fue muy diferen-te al usado habitualmente por quien esto escribe: sandalias con suela de esparto, trenzado en las montañas turcas de Ankara, pulcramente perfora-das por sendas parejas de tiras de cuero de vaca, debidamente empecina-das, que se enrollaban a la canilla de la pierna.
Prescindimos de las ch1amys. La agradable climatología y lo engorroso de tales mantos -todo hay que decirlo- no hacían necesario ni aconsejable su uso.
Y una vez modificado el alcance de los sensores de radiación infrarroja -prolongando su radio de acción hasta los 300 pies-, mi compañero cargó una bolsa de hule con el instrumental que, según nuestros cálculos, podía-mos necesitar en la inminente exploración. Y lenta y parsimoniosamente, como si en ello le fuera la vida, descendió hacia la laja de piedra. Le seguí con curiosidad. Aquél, en efecto, era su primer contacto directo con la Pa-lestina de Jesús. Un Jesús de Nazaret a quien no había tenido la fortuna de contemplar cara a cara. Yo lo sabía. Conocía bien sus inquietudes y su aca-riciado sueño y allí mismo, bajo la «cuna», supliqué a los cielos para que esa oportunidad no se malograra.,Ninguno de los dos imaginábamos enton-ces lo cerca que estábamos de tan crucial y decisivo encuentro...
Al igual que sucediera conmigo en la segunda salida, Eliseo, durante unos instantes, permaneció mudo. La belleza de la verdeante y perfumada colina no era para menos. Paseó la vista a su alrededor y, dejándose arrastrar por uno de sus impulsos, clavó la rodilla derecha en tierra, arrancando un húmedo manojo de hierbas y flores. Lo llevó hasta los labios y, entornando los ojos, lo besó. Después, sonriéndome, pareció excusarse por aquel gesto que, quizá, yo podía interpretar como algo pueril. No fueron ésos mis pen-samientos. Al contrario. Emocionado ante la sensibilidad y cristalina trans-parencia de su corazón, le correspondí con la mejor y más elocuente de mis sonrisas.
Al punto, nada más separarnos de la invisible «cuna», la «cabeza de ceri-lla» alojada en mi oído derecho comenzó a pulsar. Era la señal previamente establecida. «Santa Claus», según lo programado, había iniciado la emisión de una serie de impulsos electromagnéticos de 0,000 1385 segundos cada
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uno, perfectamente audible a través de la conexión auditiva. El dispositivo no era otra cosa que un reajuste del escudo protector IR. En el supuesto de que alguien penetrara en el círculo infrarrojo de 300 pies de radio, los sen-sores, tras captar la presencia del intruso, traducían la señal a impulsos eléctricos y, automáticamente, el computador central la reemitía en forma de mensajes de corta duración. Aunque nos encontráramos a 15 000 pies de la nave, «Santa Claus» podía «interpretar» y reconvertir la alerta IR, transmitiéndola hasta nuestra posición. Este sistema, de gran fiabilidad, nos autorizaba a abandonar el módulo, sin que por ello dejáramos de registrar la proximidad de hombres o animales en la mencionada zona de seguridad de la máquina. En el caso que nos ocupa, estos impulsos electromagnéticos fueron provocados por nosotros mismos, situados en pleno campo de acción de los sensores de radiación infrarroja. Al alcanzar las inmediaciones del circo basáltico y escapar así del escudo IR, los «pitidos» cesaron.
Trepamos a lo alto de las rocas y, tras cerciorarnos de la soledad del en-torno, nos dispusimos a desvelar el misterio que guardaba la piedra circu-lar.
Con un par de secos taconazos, la, cuña cedió. Y la pesada muela, sin apenas ayuda, se deslizó por gravedad hacia la izquierda, rugiendo en su roce con la pared de caliza. Una negra boca rectangular, de unos 90 centí-metros de altura, apareció ante nosotros. Nos miramos con inquietud. ¿De-bíamos proseguir? La tenebrosa oscuridad me hizo dudar. ¿Hasta qué punto era necesario arriesgarse en una aventura como aquélla, al margen de nuestra verdadera misión? Pero Eliseo, adivinando mis pensamientos, arro-jó el saco al interior y, sin más contemplaciones, gateando, se introdujo en la galería. Le seguí con el corazón acelerado. Y ya en el angosto túnel, em-pezamos a percibir un olor acre y desabrido que nos puso en la pista de lo que en verdad encerraba la cueva. Mis sospechas eran fundadas. Y seguros de la total ausencia de testigos, nos decidimos a utilizar una potente linter-na de 33 000 lúmenes, a batería, con una autonomía de casi dos horas. (En otras circunstancias, obviamente, este foco ni siquiera habría salido de la nave.) El pasadizo, de unos 2 metros de profundidad, desembocaba en una antecámara rectangular, igualmente excavada en la roca, cuyo techo -a ca-si 3 metros de altura- nos permitió erguirnos. El suelo de la sala, ligera-mente más bajo que el del pasadizo de entrada, se hallaba rodeado de ana-queles de piedra. En el centro geométrico de cada uno de los muros se abrían sendos arcos -a manera de puertas y de 1,80 metros de altura- que conducían a otras tantas cámaras, todas cuadradas, de 8 metros de lado. En aquellos cubículos, a pesar del carácter hidrófilo de la caverna, que «ab-sorbía» buena parte de los gases, el tufo a sulfídrico y amoníaco era tan denso y nauseabundo que, por comodidad, echamos mano de las máscaras,
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prudentemente incluidas en el petate. (Como médico sabía que, al cabo de unos minutos, la pituitaria terminaría por saturarse y la membrana nasal dejaría de percibir la molesta y abrumadora fetidez. Pero respeté los lógicos deseos de mi hermano.) En efecto, nos hallábamos en una cripta funeraria de grandes proporciones que, con toda probabilidad, guardaba los restos mortales de alguna adinerada familia de Cafarnaum, o quizá de todo un co-lectivo. Al pie de las paredes, sobre los anaqueles, se abrían los kokim o ni-chos (en algunos muros contamos hasta nueve), sellados por otras tantas piedras circulares. Al retirar las muelas aparecieron unas celdas de 2 me-tros de largo por 80 centímetros de alto y 55 de anchura. En su interior re-posaban unos curiosos sarcófagos rectangulares de madera -casi todos de ciprés y sicomoro-, fabricados a base de tablones unidos por bisagras y cla-vijas. Dispusimos el vestuario de protección dos pares de guantes para cada uno, gafas, gorros y sendos mandiles que nos cubrían desde el cuello hasta los pies y, procurando no descomponer los deteriorados cajones, tiramos de ellos hasta situarlos en el centro de la sala. Al destaparlos fuimos encon-trando un sistema de enterramiento -muy común en el siglo 1 antes de Cristo- que consistía en la superposición, en un mismo ataúd, de dos y has-ta tres individuos, separados por colchones de cuero. (Generalmente, un adulto y un niño o dos adultos y un infante.) Junto a los restos se alineaban cazuelas y recipientes de barro y, en cinco de ellos, ocupados por mujeres, sandalias y una moneda acuñada en la época de Herodes. La mayoría se hallaba en estado óseo. Sólo unos pocos habían pasado a la situación de desintegración pulverulenta. Varios de los niños aparecían momificados y desecados. Tres de los enterramientos, en cambio, mucho más recientes, se hallaban en la segunda y tercera fases de putrefacción -períodos enfise-matosos y colicuativos-, con los cadáveres hinchados, repletos de ampollas, materialmente asaltados por las escuadras o cuadrillas cadavéricas y con las redes venosas presentando la típica imagen en retículo marmóreo: ro-jas, verdes y ramificadas desde la base del cuello hasta las ingles. Muy pro-bablemente habían sido sepultados en el transcurso de los últimos dos o tres meses.
La incisión en los vasos reveló que estaban llenos de burbujas de gas y de sangre, en pleno proceso de hemólisis.
Pero no era aquello lo que en realidad buscábamos. Y una vez concluidos los análisis e investigaciones en las cámaras funerarias, sellados de nuevo los nichos, nos encaminamos a la planta inferior de la cripta. En el pavi-mento del cubículo practicado frente al túnel de entrada, unos peldaños permitían el acceso a una segunda sala, de casi 30 metros de fondo, repleta de nichos y arcosolios. Allí, en repisas igualmente excavadas en la roca vi-va, descansaba nuestro principal objetivo: una treintena de osarios rectan-
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gulares, tallados en piezas únicas de piedra caliza, con tapas separadas. Casi todos presentaban los nombres, origen de la familia y datos personales de la vida de cada uno de los enterrados, grabados en hebreo y griego. Es-tas inscripciones nos ayudarían a establecer los parentescos y a verificar otros datos antropológicos. Cada osario -de 50 centímetros de alto por 70 de largo y 25 de ancho- contenía los huesos desarticulados de uno o varios individuos, trasladados a las arquetas de piedra después del primer ente-rramiento y de la descomposición de la carne. Otros, más reducidos, guar-daban la osamenta de niños. En el centro de la cámara, en un ancho pozo de 2 metros de diámetro, se apilaba un caótico montón de huesos huma-nos, mezclados con vasijas de barro, la mayoría rota e inservible.
Una oportunidad como aquella quizá no se repitiera. Por razones fáciles de comprender, un estudio antropológico de los judíos vivos de aquel tiem-po resultaba casi inviable. De ahí que, al detectar las galerías subterráneas y sospechar su naturaleza, tanto Elíseo como yo estimamos que, al margen de la misión propiamente dicha, no debíamos menospreciar la ocasión de estudiar los restos humanos allí depositados y que, sin duda, revelarían da-tos de gran interés científico. E ilusionados con el proyecto, nos embarca-mos en un febril análisis osteológico. (En días sucesivos, mi compañero se encargaría de concluir las mediciones, aventurándose en solitario en la crip-ta. Lamentablemente, esta temeridad nos reportaría un susto de muerte y una lección que no olvidaríamos.)
En total logramos examinar los restos de 197 individuos, pertenecientes a tres generaciones de la familia de un tal Yejoleser ben Eleazar y su esposa Slonsion. El apellido Goliat aparecía grabado en la mayor parte de los osa-rios. Pues bien, las conclusiones más destacadas de este estudio -extensibles en buena medida a la generalidad de la población de la Galilea- fueron las siguientes:
El 50 por ciento de los individuos había fallecido antes de los dieciocho años. (Dentro de este grupo, la cifra más alta, de mortalidad correspondía a los primeros cinco años de vida.) Ello reflejaba algo que, en el fondo, ya sa-bíamos: el índice de mortalidad infantil era muy considerable.
También fue observada una alta incidencia de anomalías en el sistema óseo, con un fuerte predominio de la artritis, en especial entre los hombres y mujeres de mayor edad, muy extendida en las regiones cervical y lumbar de la columna.
En cuanto a la dentición, el cuadro final fue igualmente calamitoso. En-contramos caries en un 37 por ciento de las mandíbulas. (En general eran interpróximas en caninos y molares.) También descubrimos abscesos alveo-lares en un 28,5 por ciento de los maxilares y en un 30,2 por ciento de las mandíbulas: la mayoría en las regiones molar, de caninos e incisivos. El
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desgaste era mayor en los especimenes más antiguos. (Muy señalado en los molares y premolares.) La reabsorción alveolar denotaba una grave en-fermedad periodontal, causa, sin duda, de la frecuente pérdida antemortem de dientes. Según nuestras observaciones, los primeros en caer eran los molares. (Detectamos también dos caninos inferiores de raíz doble; un crá-neo con ausencia congénita de caninos maxilares y un canino deciduo y un incisivo con las raíces y coronas fusionadas.) Las condiciones dentales de la población eran, por tanto, lamentables. (A los problemas degenerativos de naturaleza congénita, avitaminosis, etc., había que añadir el excesivo con-sumo de pan -elemental en la dieta de los hebreos- que conducía con segu-ridad a la enfermedad periodontal y a un notable desgaste de las piezas.)
Los cráneos de aquellos galileos resultaron, en el caso de los varones, claramente mesocéfalos, mientras que los de las hembras -relativamente más anchos- aparecieron como braquicéfalos. La proliferación de cráneos masculinos mesocéfalos, con una media de 81,5 en aquellas latitudes, nos obligaría a rectificar el criterio sostenido hasta entonces respecto del cráneo de Jesús de Nazaret, igualmente mesocéfalo y que, fiándonos de los estu-dios de Von Luschan y Renan, habíamos estimado como «poco frecuente» entre los judíos de la Galilea.
Según los compases de arco, reglas y calibres utilizados, la estatura me-dia de aquellos especimenes -ratificada en observaciones posteriores y di-rectas- oscilaba alrededor de 1,66 metros en los hombres y de 1,48 en las mujeres. En consecuencia, con su 1,8 1, Jesús de Nazaret también fue en esto una excepción. A título de anécdota diré que, al clasificar los huesos de la cripta, descubrimos dos osamentas extremadamente altas y robustas. Una arrojaba una talla de 1,88 metros y la segunda 1,77. Dadas sus nota-bles diferencias con el resto, estos individuos -varones- no fueron incluidos en el análisis métrico general en el que, por cierto, «Santa Claus» desem-peñó un decisivo papel.
Tres horas después de haber penetrado en el complejo funerario, con la segunda batería medio agotada, impacientes por respirar aire puro e in-tranquilos ante lo dilatado de la estancia fuera del módulo, dimos por finali-zada la primera sesión de trabajo a la que, como queda dicho, seguirían otras no menos apasionantes jornadas.
Lo que no resultó tan fascinante fue el obligado cierre del panteón. A pe-sar de nuestros esfuerzos, la pesada muela -con sus 400 o 500 kilos- ape-nas se movió. El canalillo en rampa sobre el que debía rodar fue un obstá-culo insalvable para estos sudorosos y desesperados expedicionarios. Lo in-tentamos una y otra vez, volcándonos materialmente sobre la roca y empu-jando hasta que las manos nos sangraron. Imposible. Extenuados, no su-pimos qué hacer. Pero Eliseo, confiado y optimista, enfocó el percance por
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su lado bueno: después de todo, aquello facilitaba el acceso y las futuras investigaciones. El razonamiento no me tranquilizó. Si los lugareños descu-brían -como así fue- que la cripta había sido violada, los estudios e, incluso, el punto de asentamiento de la nave podían correr graves riesgos. La intui-ción no me engañaría...
Hora sexta. (Aproximadamente, las doce.)
Como habíamos convenido, me dispuse a bajar a la todavía supuesta ciu-dad de Jesús: Cafarnaum. Inspeccioné mi atuendo y la bolsa de hule, cam-biando de calzado. El programa ordenaba que, a partir del aterrizaje a ori-llas del lago, las habituales sandalias de esparto debían ser reemplazadas por las «electrónicas». Para la caminata que estaba a punto de iniciar y pa-ra las que me aguardaban en días sucesivos, aquel invento resultaba tan útil como imprescindible. El material y sus formas eran básicamente idénti-cos. Sólo las suelas parcialmente ahuecadas las hacían diferentes. En su in-terior habían sido dispuestos dos sistemas miniaturizados: un microtrans-misor y un contador de pasos. El primero, vital para mi localización en las pantallas de la «cuna». (Cuando, por necesidades de la exploración, me viera forzado a desplazarme a distancias superiores a los 15 000 pies del módulo, este dispositivo sustituía, en parte, la escasa o nula fluidez de la conexión auditiva.
Una señal emitida por dicho microtransmisor era entonces captada y am-plificada en el extremo superior de la «vara de Moisés» y reenviada hasta las antenas de la nave mediante un potente láser. De esta forma, Eliseo y yo permaneceríamos medianamente comunicados. De hecho, en determi-nadas misiones, el sistema fue utilizado como una clave para marcar el ini-cio o el remate de operaciones y maniobras específicas.)
El segundo equipamiento electrónico contaba con un microcontador de pasos, un cronómetro digital, un sensor medidor del gasto energético en cada desplazamiento y una célula programada para elevar la temperatura del calzado en caso de extrema inclemencia.
En principio, mi presencia en el referido núcleo humano debía ser lo más breve y cauta posible. Lo justo para adquirir una razonable cantidad de ví-veres que aliviara nuestra penosa situación. Más adelante, una vez que los discípulos del Resucitado arribaran a la zona, mis ¡das y venidas quedarían menos limitadas. Éstos eran los planes. Pero, ya se sabe, el hombre propo-ne...
Y a eso de las 12 horas, como venía diciendo, con las «crótalos», 40 se-quel y algo más de 800 sestercios en la bolsa de hule impermeabilizado, abandoné la «base-madre», pletórico de fuerzas y -por qué negarlo- con un sutil cosquilleo en las entrañas. Aquél iba a ser el escenario de mis próxi-
ción de, al menos, tres o cuatro hombres. De momento no podía arriesgar-me a dejar al descubierto el acceso a las intrigantes galerías. Tanto si está-bamos ante una tumba, como si se trataba de cualquiera otra construcción, lo razonable era no llamar la atención de los posibles usuarios o propieta-rios. La población se hallaba relativamente cercana y toda precaución era poca.
Mientras regresaba a la nave medité sobre el particular. Si en verdad nos encontrábamos al lado de un cementerio o de una cripta familiar o colecti-va, nuestra ubicación en la colina podía considerarse óptima. Salvo en los sepelios propiamente dichos, los judíos no eran muy propensos a frecuentar tales lugares; ni siquiera sus alrededores. En este caso, las estrictas normas religiosas sobre impureza por contaminación de cadáveres constituían un excelente y providencial aliado. Pero ¿y si no se trataba de una tumba? La única forma de salir de dudas era desplazar la roca circular, penetrando en el interior. Para semejante aventura, sin embargo, precisaba de la ayuda de mi hermano.
A las 07 horas, rematada aquella primera gira de inspección, retorné al «punto de contacto», dando cuenta a mi compañero de cuanto había obser-vado. Al referirle el descubrimiento del posible cementerio se mostró tan inquieto como yo. Y, de mutuo acuerdo, decidimos explorar el circo basálti-co en cuanto nos fuera posible.
Una hora después, ultimados los preparativos para el siguiente e inapla-zable objetivo, la «cuna» se elevó hasta el nivel de estacionario (800 pies), iniciando así la operación de barrido televisual del lago y de las tierras próximas al litoral, hasta una distancia de cinco kilómetros. Estas imágenes, junto al perfil topográfico levantado por los altímetros «gravitatorios», eran vitales para el sistema de conducción del «ojo de Curtiss». Partiendo del lu-gar de asentamiento del módulo, los especialistas de Caballo de Troya habí-an «parcelado» dicho entorno del mar de Tiberíades en un total de 13 sec-ciones, de cuatro kilómetros de longitud por otros cinco de profundidad, respectivamente. Cada una de ellas fue identificada con la palabra clave «Galilea» y el número correspondiente. Aunque las fuentes evangélicas no eran muy precisas, todos los indicios apuntaban a las áreas «Galilea-1» y «Galilea-2», en la zona norte del lago, como los posibles escenarios de las apariciones de Jesús de Nazaret en la mencionada región.
Y el módulo, siguiendo el programa director, se dirigió hacia el nordeste. En los campos y veredas se apreciaba ya una cierta actividad. Campesinos, bueyes, carretas y pequeños rebaños de cabras entraban o salían del nú-cleo urbano que, a priori, asociamos con Cafarnaum. Esta aldea -quizá de-bería calificarla de ciudad- corría paralela a la línea de la costa, con una ex-tensión aproximada de 1 800 pies (600 metros), por otros 900 de anchura
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(alrededor de 300 metros). Formaba una media luna, materialmente enca-jonada entre el mar y una serie de suaves cerros, que descendía en cascada desde el norte. Un pequeño río -que identificamos en nuestras cartas como el Korazim- desembocaba en el extremo oriental de la población. La ancha senda que bordeaba el lago y que yo había localizado desde lo alto de la co-lina no era la misma que continuaba hacia el este. A las afueras de la locali-dad torcía hacia el norte y, casi paralela al Korazim, se perdía entre lomas y bosques, pasando muy cerca de la blanca y empinada aldea que habíamos identificado con ese mismo nombre: Korazim o Corazain. Días más tarde averiguarla que se trataba de una importante arteria romana la vía Maris-que, pasando por Magdala, rodeaba las costas occidental y norte del mar de Tiberíades, dirigiéndose al Mediterráneo, hacia Tiro.
A pesar de lo vertiginoso de nuestro vuelo, uno de los aspectos que nos llamó la atención del siempre supuesto Cafarnaum fue su puerto. Como tendríamos oportunidad de comprobar a lo largo de aquel «circuito», el Kennereth carecía entonces de ensenadas que hicieran el papel de puertos naturales. Esta seria deficiencia había sido salvada mediante la construcción de terraplenes -generalmente formados por bloques de basalto- que hacían las veces de rompeolas. En el caso de Cafarnaum, este dique (cuyo corte vertical se asemejaba a un trapecio) alcanzaba una longitud respetable: 2 100 pies (700 metros). Se hallaba adosado a la línea de la costa y de él na-cía una decena de atraques -perfectamente perpendiculares a dicho terra-plén-, rectangulares y en forma de punta de flecha, con dimensiones
que oscilaban entre 10 y 15 metros. A sus costados se alineaba un cente-nar de pequeñas y medianas embarcaciones.
Quedamos maravillados...
Creo que debo insistir en ello. Desde el aire, la frondosidad de aquella parte de la Galilea se presentó en toda su magnitud. Lo que hoy, en pleno siglo xx, puede contemplar el nativo o el visitante que se asoma al lago, es una triste y empobrecida reliquia. Los bosques de cipreses, encinas velan¡, «de agallas», algarrobos, alfóncigos, acebuches, palmeras y plátanos orien-tales, entre otras especies, se disputaban las orillas de los ríos, las barran-cas, las lenguas de tierra y las laderas de los promontorios. Y entre seme-jante espesura, todo un laberinto de parcelas y campos de cultivo, sólo comparables, en cierto modo, al espléndido oasis de Jericó. Aquél iba a ser nuestro «teatro de operaciones». Y, sinceramente, me sentí reconfortado.
La segunda «parcela» -«Galilea-2»- comprendía la desembocadura del Jordán y una amplia vega de casi 12 kilómetros cuadrados, surcada por cuatro ríos principales y una compleja trama de afluentes y torrenteras. Las recientes lluvias habían multiplicado su caudal que penetraba marrón y vio-lento en el ángulo nororiental del lago. Estos ríos (conocidos hoy como Na-
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jal Mesusim, Najal Yehudiyeh, Najal Daliot y Najal Shemafnún) descendían desde los riscos basálticos situados al este (en la actualidad denominados alturas de Golán), a una altitud de 800 a 1000 metros, recorriendo distan-cias que oscilaban entre los 20 y 30 kilómetros. Esta inclinación proporcio-naba a sus aguas una estimable fuerza, arrastrando toneladas de piedras y tierra que terminaban por detenerse en la vega, transformando el lugar en un bellísimo mosaico de lagunas de todos los tamaños, muchas de ellas comunicadas entre sí. Los materiales menos densos -guijarros, arcilla y granos de basalto- eran conducidos hasta el lago, configurando en la des-embocadura un amplio delta que según las fotografías infrarrojas se prolon-gaba bajo las aguas. En el examen posterior de las filmaciones comproba-mos que aquel fértil y paradisíaco rincón del mar de Tiberíades se hallaba cruzado por quince arroyos que se fundían a corta distancia de la costa, formando dos estanques cuya anchura superaba incluso la del Jordán. (La más grande de estas lagunas recibía en su seno el caudal de siete arroyos: cinco procedentes del Najal Mesusim y dos del Ychudiyeh. Al comparar es-tos datos con los suministrados a los especialistas de Caballo de Troya por el Kermereth Limnological Laboratory y por el investigador israelí Mendel Nun, una de las máximas autoridades en el estudio del mar de Tiberíades, llegamos a la conclusión de que aquella área norte no había cambiado, en lo sustancial, durante los dos últimos milenios. No sucedería lo mismo con otras zonas del Kermereth.) En cuanto al segundo estanque, fue identifica-do como el actual Nahar Al-Magarsa, conocido por el nombre de Masudiya. Bajo la espesa vegetación que semiocultaba estas lagunas -algunas de has-ta tres metros de profundidad-, las tomas IR detectaron una variada colonia de aves acuáticas, así como zonas pantanosas en las que proliferaban repti-les, tortugas y nutrias. Todo un paraíso en el que, por elemental prudencia, no deberíamos entrar. A kilómetro y medio de la margen izquierda del Jor-dán, al oeste de las desembocaduras de dos ríos menores (quizá el Zaffl y el Masudiya) y en mitad de la exuberante vega, descubrimos otro núcleo humano, de apenas 300 metros de longitud, con pequeñas casas cúbicas, tan negras como las del supuesto Cafarnaum. Sinceramente no supimos qué pensar. ¿Se trataba de Bet Saida? La «casa de los pescadores» -traducción de Bet Saida- era otro de mis objetivos. Allí, de acuerdo con las citas de los evangelistas, se habían registrado algunos de los prodigios del rabí. Lamentablemente, ni los arqueólogos ni los estudiosos cristianos se han puesto de acuerdo sobre la verdadera ubicación de la villa o poblado en el que habían nacido Andrés, Simón Pedro y Felipe. Nuestra confusión fue completa al verificar que, sobre una colina situada a unos tres kilómetros al norte -muy cerca del cauce del Jordán- se erguía otro asentamiento, nota-blemente superior al existente en la costa, en el que brillaban al sol una se-
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rie de blancas y airosas construcciones, entre las que destacaba una espe-cie de palacio fortificado. Quizá esta última ciudad, edificada sobre un pro-montorio de 30 metros de altitud y de paredes escarpadas, era la mítica Bet Saida Julias, mencionada por Yosef ben Matatiahu (más conocido por Flavio Josefo) en su Guerra de los judíos (3, 10, 7). En dicho libro, el general e historiador judío romanizado asegura que, antes de desembocar en el lago, el Jordán pasa junto a la ciudad de Julias. Pero, en ese caso, ¿cómo inter-pretar el nombre de Bet Saida o «casa del pescador»? Si se trataba de un pueblo habitado por pescadores lo más lógico es que se hallara a orillas del mar de Galilea y no a tres kilómetros tierra adentro y en lo alto de una lo-ma. La solución, elemental, llegaría horas después, al recorrer el puerto de Cafarnaum.
Este segundo núcleo costero disponía también de un pequeño puerto, formado por un espigón que arrancaba perpendicular a la línea del litoral, adentrándose 200 metros en el lago y girando después, en ángulo recto, en dirección noroeste.
A unos cinco kilómetros del Jordán -en un paraje denominado hoy Jirbert A-Diqa- nacía otra interesante construcción: una acequia de dos metros de anchura cuyos muros habían sido excavados en la roca viva, conduciendo el agua a través de la vega, en una extensión de 16 kilómetros. A lo largo de esta importante obra se alineaba un sinfín de granjas y molinos.
En las cinco secciones siguientes -hasta el extremo sur del lago contabili-zamos ocho núcleos humanos de cierta relevancia -la mayoría junto a las aguas- y una infinidad de pequeñas concentraciones de chozas y alquerías, diseminadas por los cerros. Obviamente carecíamos de una información fi-dedigna y la definitiva identificación de los mismos no llegaría hasta la ter-cera exploración. A unos 8 kilómetros de la desembocadura del Jordán, casi en el «ecuador» del lago, un río de mediana entidad se precipitaba entre bosques y barrancas, dividiendo aquel sector oriental de la costa en dos grandes mitades. El trazado del do era muy similar al que aparecía en nues-tros mapas, proporcionados por el Servicio Cartográfico del Ejército Israelí. Probablemente se trataba del Samak. Esto nos ayudó a identificar, aunque sólo fuera provisionalmente, algunas de las poblaciones. Así, de norte a sur, creímos localizar las milenarias «ciudades» de Kefar Aqb¡ya, Kursi (también conocida como Gerasa), Ein Gafra, Susita o Hipos (una de las más pobla-das), En Gev y KefarZernaj, entre otras.
En total, a lo largo del litoral este, contando el de la supuesta Bet Saida, sumamos siete puertos.
Al sur de la sección «Galilea-2», relativamente cerca de la zona pantano-sa de¡ ángulo nordeste, se asentaba el primero y más septentrional de es-tos ocho núcleos: una recogida concentración de casitas de terrados ocres y
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que, según «Santa Claus», podía ser el origen de un pueblecito árabe, des-aparecido en 1967, que recibía el nombre de Duqat o Duqa. Aquel villorrio, como la mayoría, parecía vivir de la pesca y de la agricultura. Disponía de un embarradero de 100 metros de longitud, rematado por un arco que se dirigía hacia el norte. El nadar estableció la anchura del terraplén, en su ba-se, en cinco metros. La ensenada, con una profundidad de cuatro metros, daba refugio a media docena de embarcaciones de mayor eslora que las que pululaban por el lago. Era muy posible que se tratase de barcos más pesados, destinados quizá al transporte de mercancías.
Desde el supuesto Kefar Aqb¡ya, el mar ganaba terreno, formando una discreta bahía de 2 kilómetros de longitud. Pues bien, en el centro del sua-ve entrante, sobre una pequeña colina natural de 20 metros de altura, Eli-seo y yo descubrimos una curiosa construcción: algo parecido a una torre-fortaleza circular, con un segundo muro -también circular- en su interior. El diámetro de la muralla exterior era de 68 metros. El de la interior alcanzaba los 50. La considerable obra, con muros de 3,5 metros de espesor y entre 2 y 3 metros de altura, nos intrigó sobremanera. Pero el banco de datos del módulo no disponía de una información clara al respecto. Parece ser que había sido construida en tiempos del Primer Templo y con fines puramente defensivos, como un eslabón más en la cadena de fortificaciones judías que vigilaba los caminos del este. (Además del estrecho, y polvoriento sendero que descendía desde el norte, circunvalando el litoral, aquella región del Kennereth se veía favorecida por una espléndida calzada romana que, pro-cedente de Scytliópolis, en el sur, sorteaba montes y vaguadas, pasando junto a varias de las ciudades (¿Hipos y Gerasa?) y al pie mismo de la to-rre-fortaleza circular, perdiéndose en dirección nordeste.)
En la sección «Galilea-4», a cosa de 12 kilómetros del Jordán, junto a la desembocadura del probable río Samak, arrancaba un auténtica ciudad: la más extensa y hermosa de aquella franja del Kermereth. A ambas márge-nes del río se abría un fértil valle de tres kilómetros de longitud por otros cuatro de anchura, intensamente cultivado. La ciudad, asentada al sur del cauce, ocupaba casi la mitad del valle, con una nutrida representación de edificios grecorromanos, entre los que descollaban una colosal columnata circular; dos anfiteatros y un hipódromo. La puntual referencia del Samak nos hizo sospechar que estábamos ante la evangélica Kursi o Gerasa. (En alguno de los abruptos montículos que cerraban el valle podía haber tenido lugar el famoso incidente de la piara de cerdos que, según los Evangelios, se arrojó al mar como consecuencia de la «curación» del endemoniado por el rabí de Nazaret. Éste era otro de los incontables y atractivos motivos que justificaban nuestro futuro «salto» a la «vida pública» del Maestro. ¿En ver-
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dad había sucedido tal y como nos lo cuentan los escritores sagrados? Pero demos tiempo al tiempo.)
«Santa Claus» nos puso en alerta. Kursi, según sus informaciones, alber-gaba entonces una notable. guarnición romana, dependiente de las legiones estacionadas en Sina. El dato, en previsión de futuros encuentros con los legionarios, fue tenido muy en cuenta.
El puerto de Gerasa, en consonancia con la ciudad, era también uno de los más grandes y mejor dotados de la costa oriental. Un terraplén, que hacía las veces de rompeolas, partía el litoral, curvándose en forma de arco y con una longitud de 150 metros. En su zona norte se interrumpía, for-mando una estrecha bocana. En tierra, un muelle de 100 metros y 25 de anchura, completaba el recinto portuario.
El gran terraplén había sido confeccionado a base de gruesas moles de basalto de hasta un metro de espesor, sólidamente reforzado en sus flan-cos. Al norte del embarcadero detectamos también una «piscina» rectangu-lar de 3 por 5 metros, pulcramente blanqueada en su interior y repleta de peces vivos. Estábamos ante una insólita y eficaz «piscifactoría»... La «pis-cina» no se nutría del agua del lago, sino a través de una acequia que par-tía del río Samak. (Las sorpresas en el tema de las construcciones hidráuli-cas fueron constantes.)
Los sondeos del radar pusieron de manifiesto la presencia, frente a la desembocadura del río, de un extenso banco de piedras que, a todas luces, hacía de aquel lugar una de las áreas más ricas en pesca. Estas deduccio-nes se verían plenamente confirmadas en la última expedición. De hecho, el término samak, en las lenguas ugarítica, árabe y aramea, significa «pez» y «peces».
A corta distancia de Kursi, siempre hacia el sur, al pie de un montículo de 44 metros de altitud, las tomas infrarrojas y los sensores exteriores detec-taron un manantial de aguas sulfurosas, brotando a 30 grados Celsius. Este tipo de fuentes termales -en especial en la orilla occidental- resultó algo común y sabiamente aprovechado por los naturales del Kennereth. A medio kilómetro de este promontorio, otra fuente similar irrumpía en las aguas del lago, provocando una permanente y blanca «nube» de azufre en suspen-sión.
Ya en la sección 5, junto a minúsculas aldeas portuarias que no supimos identificar, sobrevolamos el segundo puerto importante de la costa este. La verdad es que las dimensiones y configuración de los muelles no se corres-pondía con la treintena escasa de pequeñas construcciones que conforma-ban el villorrio situado al pie de los rompeolas. Esta aldea, a su vez, se hallaba comunicada con una población mucho más densa, encaramada a 350 metros sobre el nivel del lago, en una meseta aislada y separada del
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mar por un par de kilómetros. La calzada romana ascendía hasta lo alto de la ciudad, ramificándose después en otra vía secundaria, más estrecha, que concluía en el citado puerto. Éste, como venía diciendo, presentaba unas características únicas. El rompeolas principal tenía una longitud de 120 me-tros, con una anchura, en su base, de 5 a 7 metros.
Partía perpendicular a la costa y, a los 15 metros, cambiaba de dirección, discurriendo paralelo al litoral, con rumbo sur. Este segundo tramo alcanza-ba una longitud de 85 metros. Súbitamente, el terraplén variaba de orien-tación, enfilando hacia el oeste. Esta curiosa Z invertida, maltratada sin du-da por los vientos del sur, había sido «cerrada» por un segundo rompeolas de 40 metros, que arrancaba en perpendicular desde la costa. Lo que más nos intrigó fue aquel muelle de 20 metros de longitud que se aventuraba hacia el oeste, en aguas relativamente profundas (entre 4 y 5 metros). Qui-zá sirviera para el atraque y operaciones de carga y descarga, sin necesidad de penetrar en el puerto. (Durante el tercer «salto» despejamos esta incóg-nita, así como el porqué de aquella área portuaria, tan desproporcionada. Puedo adelantar que el villorrio de pescadores y la ciudad de la meseta (Hipos o Susital eran en realidad una misma población. Había sido fundada a mediados del siglo ni a. de J.C. como un floreciente emporio helenístico. Tras caer en manos de Pompeyo y adherirse al pacto que vinculaba a las ciudades de la Decápolis, fue reconstruida, creciendo y transformándose en la segunda entidad urbana de la costa oriental del mar de Tiberíades.)
Al entrar en la «parcela» 7, la nave fue girando, enfilando el radial 260. Aquel recorrido sobre el extremo meridional del lago fue especialmente con-fuso. En los mapas de Caballo de Troya se apuntaba la existencia de al me-nos, tres o cuatro ciudades de cierto realce: Bet-Yeraj, Senabris, Tarichea y Kinnereth o Kennereth. A la hora de la verdad, las cosas no fueron tan sim-ples como habían previsto y dibujado los expertos. El sur del lago era un «todo» urbano.
Seguramente estas poblaciones estaban allí, pero tan entrelazadas que, desde nuestros 800 pies de altitud, resultaba imposible precisar dónde em-pezaba una y en qué lugar terminaba otra. Cientos de casas, edificios públi-cos, torres, graneros, villas rústicas y chozas se desparramaban en una planicie de casi cuatro kilómetros. De semejante «metrópoli», si se me permite la expresión, partían varias rutas caravaneras. Una hacia Scythópo-lis, en el sur. Otra subía por el este del lago y una tercera remontaba el lito-ral occidental. A este nudo de comunicaciones había que añadir una intrin-cada tela de araña de veredas y caminos secundarios que sorteaban y deli-mitaban un sinfín de parcelas de regadío, bosquecillos de frutales y la masa verdeazulada de la «jungla» que abovedaba la segunda desembocadura del Jordán. El progreso de aquellos núcleos humanos debía de ser espléndido, a
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juzgar, por ejemplo, por uno de los graneros situado a un kilómetro de la orilla sur del Kennereth: de construcción circular, disponía de diez torres de 8 a 9 metros de diámetro cada una.
Al contrario de lo observado en el resto del lago, este rincón carecía de puertos artificiales. Las escasas embarcaciones se alineaban en la desem-bocadura del río y en una laguna de 200 metros de longitud por 50 de an-cho, emplazada al sur de la referida segunda desembocadura. El brazo de tierra que separaba dicha laguna del lago de 2 a 6 metros de espesor pare-cía enteramente natural. Probablemente se había formado por el arrastre de sedimentos y el continuo embate de las olas. Los lugareños se limitaron a estrechar la boca de la ensenada, en la zona sur, con un breve terraplén de cuatro metros.
En aquellos momentos no nos percatamos de otro interesante fenómeno. Al estudiar y contrastar las imágenes y los datos recogidos en el «circuito aéreo», comprobamos que, en aquel tiempo, la segunda desembocadura del Jordán no discurría por los derroteros que hoy conocemos. El antiguo cauce se hallaba a kilómetro y medio más al norte. (En el siglo xx; entre la moshava de Kinnereth y el tell de Bet-Yeraj. «Santa Claus» esclarecería en parte el asunto. Al parecer, aunque arqueólogos, geólogos y demás exper-tos no están muy de acuerdo, las causas de esta variación en el curso del río habría que buscarlas en un intenso seísmo, registrado poco después de la época bizantina; es decir, hace unos mil años.
Otra de las obras a destacar en aquel tramo suroccidental del mar de Ti-beríades, que ponía de manifiesto el grado de prosperidad y desarrollo «técnico» de la Galilea de Jesús, era una «tubería» de 20 kilómetros de longitud que, partiendo del río Yavneel, al sur, se dirigía al norte, cruzando las poblaciones meridionales del lago y la ciudad fortificada de Hamat, para morir en la espléndida y luminosa Tiberíades. Esta singular obra de ingenie-ría, construida al cielo abierto, descansaba sobre decenas de pequeños puentes, avanzando penosamente al pie de las colinas y ramificándose en multitud de acequias y canalillos que abastecían de agua a los asentamien-tos humanos, a los molinos harineros y a la agricultura. (Más adelante tu-vimos conocimiento de que esta vital conducción de aguas se debió al es-fuerzo mancomunado de Tiberíades, Bet-Yeraj y Senabris.) A cinco kilóme-tros y medio al norte de la primitiva segunda desembocadura del Jordán, la «¿una» sobrevoló Hamat, una de las tres ciudades fortificadas del territorio de la tribu de Neftalí. También aquí fueron detectadas fuentes termales. En realidad, de no haber sido por la muralla que la envolvía, Hamat habría pa-sado ante nuestros ojos como una prolongación de Tiberíades ubicada a continuación.
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¿Cómo describir la «perla» del lago? Tiberíades, sin lugar a dudas, era en-tonces la capital del Kennereth. Desde la puerta norte de la muralla de Hamat se estiraba blanca e impecable a lo largo de una estrecha franja de litoral de apenas 500 metros, con una extensión de una milla. Un monte de 190 metros de altitud cubría su flanco oeste. En la falda, Herodes Antipas había levantado un espeso muro de 45 pies de altura que, zigzagueando, servía de protección a la novísima ciudad. En la cumbre del promontorio se erguía la más poderosa de las fortalezas de aquella región de la Galilea: un castillo de sillares negros y esbeltas paredes de caliza que centelleaban al sol y que, como pudimos comprobar en su momento, constituía el palacio de invierno del detestable hijo de Herodes el Grande.
Esta cadena de colinas, que protegía Tiberíades de los racheados vientos del oeste, se hallaba horadada por numerosas cuevas. En una de ellas, abierta hacia poniente y a no mucha distancia de la cara occidental del cas-tillo, los sensores detectaron una fuerte corriente de aire caliente, así como altos índices de vapor de agua. Sospechamos que la gruta en cuestión de-bía estar conectada con alguno de los numerosos manantiales de aguas termales que desembocaban también a orillas de la ciudad.
Tiberíades era un modelo de construcción típicamente heleno. Una vía principal se abría paso de norte a sur, con dos puertas monumentales en sus extremos. El resto, trazado a escuadra, giraba en torno a dicha arteria, con calles, plazas y jardines meticulosamente diseñados, cuajados de edifi-cios que rivalizaban en mármoles, columnatas y fuentes públicas. (Cuando el Destino quiso que mi hermano y yo entráramos en Tiberíades, la magnifi-cencia del lugar nos sobrecogió. Sólo el número de sinagogas era entonces de trece y su mercado, teatros y el edificio del Consejo Ciudadano supera-ban todo lo imaginable.)
El puerto nos decepcionó. Aún siendo espacioso, no se hallaba equiparado al rango de la ciudad. Aparecía, además, a medio terminar. Tres rompeolas de 100, 200 y 80 metros, respectivamente, formaban con el muelle costero un «rectángulo», abierto por el norte y, eso sí, hábilmente protegido de los temibles vientos del este (el sharq¡ya) y del sureño y tempestuoso q¡bela.
A unas dos millas y media al norte de Tiberíades, siguiendo la costa occi-dental, localizamos las ruinas de una pequeña población -posiblemente la antiquísima Raqat-, esparcidas en terrazas en la falda este del hoy denomi-nado tell de Aqlatiya. A sus pies moría un modesto río, cruzado por las ce-nicientas y erosionadas planchas de piedra de una de las ramificaciones de la vía Maris. En el pequeño delta brotaban otras cuatro fuentes termales. Las tomas IR contabilizaron hasta siete corrientes submarinas con tempera-turas de 30' C que se perdían mar adentro, a 12 metros de profundidad. En la base del tell fueron captadas imágenes de dos albercas circulares de 8 y
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12 metros de diámetro, respectivamente, con muros enormes, de algo más de 5 metros de altura. El agua almacenada en las mismas debía servir para el riego de las tierras colindantes, así como para el de buena parte del valle que se prolongaba, a expensas del río, hasta el desfiladero del Hittim, en el oeste. (Esta angosta garganta, también conocida como los «cuernos de Hit-tim o Hattim», se halla en el camino de Nazaret al lago y, como detallaré en su momento, resultó de gran utilidad para nuestros propósitos de ocultación del módulo.)
El último tramo de este periplo -parte de la parcela 12 y la «Galilea-13»- fue sencillamente espectacular. A nuestros pies se abrió el mítico «jardín de Guinosar»: un valle de casi 7 kilómetros cuadrados donde no fue posible descubrir un solo palmo de tierra sin cultivar. Era un auténtico vergel, col-mado de nogales, palmeras, olivos, higueras y cientos de medianos y pe-queños huertos, abundantemente regados por tres ríos que descendían de la cordillera noroccidental (los llamados «montes de Galilea»), situada a co-sa de 6 kilómetros de la costa del Kennereth. Esta vega, cantada por Jose-fo, era el orgullo de todo el mar de Tiberíades. Estrecho en sus extremos, el valle iba ensanchándose, hasta alcanzar una anchura máxima de kilómetro y medio. El «jardín» aparecía prácticamente dividido en dos por una colina pedregosa cuya falda oriental resbalaba con dulzura hasta la costa. Sobre dicha ladera contemplamos por primera vez una ciudad de 3 000 pies de longitud. Una ciudad menos ampulosa que su vecina Tiberíades, de calles empedradas y casas de una planta que descendían hasta un puerto, muy similar al de Cafarnaum, en el que hombres, lanchas y reatas de caballerías se mezclaban en frenética actividad. Aquella población, en la que pasaría-mos horas entrañables, era Migdal o Magdala: la ciudad de la Magdalena. A su alrededor, entre la espesura, espejeaban acequias, canales y albercas de todas las dimensiones. Dos, en especial, nos desconcertaron por sus dimen-siones y ubicación. La primera, en la ladera sur de la colina, tenía 27 me-tros de diámetro. La segunda, en mitad de la población, había sido cons-truida sobre una torre circular de 6 metros de altura. La abundancia de agua en Migdal y en el resto de la vega quedó explicada, no sólo por el caudal de los ríos, sino, sobre todo, por los ricos manantiales subterráneos que afloraban por doquier. Uno de estos veneros (hoy conocido por el nom-bre de Ein-Nun) proporcionaba del orden de dos millones de metros cúbicos de agua al año. La mayor parte de este caudal desaparecía en el lago en forma de arroyo. Y fue allí, en la desembocadura del torrente, donde los sistemas de a bordo descubrieron algo que nos alarmó: las aguas contenían un gas noble -el radón- y un índice de radiactividad superior al tolerado por el organismo humano. Las investigaciones posteriores, in situ, confirmarían que una parte de la población de Migdal y de cuantos bebían habitualmente
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de dicha fuente se hallaban aquejados -en mayor o menor medida- de una dolencia bien conocida en el siglo XX.
A 500 metros al norte del puerto de Migdal se destacaba el último de los asentamientos humanos en aquella zona de la costa. Presentaba un peque-ño embarcadero y sus dimensiones eran notablemente inferiores a las de la industriosa villa de la Magdalena. Según el computador central, dada su ubicación -muy próxima al picacho denominado Kinnereth-, podía tratarse de una casi olvidada aldea bíblica, de nombre Guinosar, mencionada por Marcos, el Evangelista, en su capítulo 6, versículo 53: «... y pasaron (Jesús y sus discípulos) y llegaron a la tierra de Guinosar y se acercaron a la costa. Y todavía estaban saliendo del barco cuando los lugareños lo reconocieron.»
Dos kilómetros más arriba, cerrando el valle, divisamos al fin las escarpa-das y rojizas paredes del referido Kinnereth, con sus 87 metros de altitud. Al otro lado, a media milla, se hallaba el «punto de contacto»: la «base madre-2».
Muy próximo al Kinnereth sobrevolamos el no menos «evangélico» rincón de Tabja (en griego, Heptapegón: lugar de las «siete fuentes»), que la tra-dición cristiana asocia a la pesca «milagrosa». (Una tradición, dicho sea de paso, igualmente equivocada. La famosa «pesca», como pude constatar, ni fue «milagrosa», ni sucedió en aquella minúscula bahía, tan apreciada por los pescadores galileos.) En realidad, más que una aldea, el paraje, con su media docena de chozas, parecía un reducto «industrial», con tres fuentes importantes e incontables manantiales que surtían de agua a un complejo «aparato» hidráulico, integrado por molinos y una espesa red de canales. Uno de los veneros, localizado en el fondo de una piscina octogonal de 20 metros de diámetro y 8 de profundidad, nos dejó atónitos. Su caudal osci-laba entonces entre los 1 500 y 3 000 metros cúbicos a la hora. En aquellos momentos no comprendimos la utilidad de tales aguas, de naturaleza sulfu-rosa y aflorando a 27 grados Celsius. La cala, de una gran riqueza piscícola, había sido habilitada mediante dos muelles de 50 y 35 metros. El primero en forma de arco. El segundo, perpendicular a la costa. Y a las 08 horas, 7 minutos y 8 segundos, después de un vuelo casi perfecto, la «cuna» se po-saba por segunda vez sobre la laja de piedra de la ladera sur del hasta esos momentos supuesto monte de «las Bienaventuranzas». Como es de supo-ner, aunque el control durante el periplo de circunvalación del lago fue con-tinuo, nuestra primera preocupación -casi obsesión- al tomar tierra estuvo centrada en las reservas de combustible. El gasto, tal y como fijara «Santa Claus», no sobrepasó las dos toneladas: 1 988,6 kilos. Esto reducía el vo-lumen total a un 47,5 por ciento. A partir de ese instante, si en verdad de-seábamos volver a Masada, la ignición del J 85 debería quedar sellada o,
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como mucho, limitada a una o dos operaciones de escasísima duración. El traslado de la nave a un lugar seguro constituiría una de estas maniobras.
De acuerdo con lo programado, aquel martes, hasta bien entrada la no-che, lo destinamos a la puesta a punto de las imágenes, perfiles topográfi-cos y mapas que deberían servir de «guía» y «sustentación» al «ojo de Cur-tiss». El laborioso trabajo -vital para la obtención de un máximo de datos en las apariciones que se avecinaban- nos deparó algunas sorpresas, muy sugestivas desde el punto de vista científico. Por ejemplo: aunque su forma de pera invertida y sus dimensiones no han variado aparentemente, los análisis revelaron que, hace dos mil años, el lago era ligeramente más es-trecho. La línea de la costa pasaba por lugares hoy sumergidos. (La casi to-talidad de los puertos descritos se halla en la actualidad oculta bajo las aguas. Afortunadamente, merced a las modernas técnicas de arqueología y exploración submarinas, estos restos están siendo ubicados. Dios quiera que, en un futuro, cuanto aquí se narra pueda ser ratificado por esta mo-derna disciplina científica.) Esto significa que, en tiempo de Jesús, el nivel del mar de Tiberíades era sensiblemente más bajo: unos dos metros res-pecto a lo que hoy podemos contemplar.
También fue posible constatar otro interesante fenómeno: el Kennereth se «mueve» hacia el sur. Ello se debe a un doble proceso. Por un lado, el continuo batir de las olas está minando y haciendo retroceder la costa me-ridional, a razón de 10 centímetros por año. En el extremo opuesto, a su vez, se da un fenómeno contrario: las aportaciones de sedimentos del Jor-dán ensanchan el delta, haciendo avanzar la línea nororiental de la costa.
El perfil submarino del lago nos interesaba especialmente. Un exacto co-nocimiento de su configuración podía proporcionarnos elementos de juicio para, en un futuro, valorar en su justa medida algunos de los «prodigios» protagonizados por el rabí y a los que aluden los textos evangélicos. Perso-nalmente, la famosa tempestad que -según las Escrituras- fue calmada por Jesús y la pesca «milagrosa» habían despertado mi curiosidad. ¿Ocurrieron estos hechos tal y como son narrados por los evangelistas? Por ello, como digo, era importante conocer su estructura, con4entes, vientos y demás factores meteorológicos, físicos, geográficos y bioecológicos, propios del Kennereth. Comprobamos, por ejemplo, que su fondo era asimétrico. La costa oriental descendía bruscamente. Allí, entre Ein-Guev y Kursi, regis-tramos la máxima profundidad: «-253» metros bajo el nivel del Mediterrá-neo. (La altura media del nivel del lago era entonces de 208 metros bajo el nivel del citado mar Mediterráneo. Hoy, el Kennereth oscila alrededor de los 2 10 metros, aunque en muchos mapas modernos, por error, figura la cifra de 212. Esto hace del mar de Tiberíades el lago de agua dulce más bajo del mundo.) Estos 253 metros representaban una «fosa» de 41 metros. El lito-
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ral oeste, en cambio, a excepción del área de la ciudad de Tiberíades, caía en forma más suave. El resto de la cuenca arrojó una profundidad media de 25 metros, con un volumen aproximado de agua de 4 300 millones de me-tros cúbicos.
Las imágenes infrarrojas explicarían el porqué de las extensas franjas marrones que coloreaban la superficie del lago en aquellos momentos y que, en un primer análisis, interpretamos como arrastres terrosos proce-dentes del Jordán y de los restantes ríos. Estábamos ante una masiva colo-nización de algas, del tipo peridinium. Obviamente, tal y como preveía Ca-ballo de Troya, los estudios del Kennereth deberían ser culminados desde tierra. Eliseo sería el responsable de buena parle de estas comprobaciones científicas, que abarcaban capítulos tan ambiciosos como el seguimiento de los ciclos del nitrógeno y del fósforo, de la cadena alimenticia del lago, in-formes sobre sus diferentes capas, fitoplacton, transparencia, oxigenación y niveles de sus aguas, principales corrientes y vientos, salinidad, evaporiza-ción, naturaleza de los manantiales sulfurosos, fauna y, en general, todo lo que concierne a la moderna ciencia «limnológica» (estudio de los lagos). Este banco de información, amén de enriquecernos y de enriquecer al pro-yecto, fue de una inestimable ayuda en las correrías y aventuras en las que nos vimos envueltos a partir de entonces. Pero debo proseguir, porque las fuerzas me abandonan y es mucho lo que resta por contar..
Como creo haber explicado, una de las reglas de la operación prohibía la presencia de los expedicionarios en momentos, digamos, de cierta «intimi-dad» entre Jesús y sus discípulos. Así había ocurrido, por ejemplo, en el transcurso de la llamada «última cena». En este caso, la situación fue com-pensada con informaciones indirectas y mediante la ocultación de un micró-fono de especial sensibilidad en el farol que alumbraba la mesa del cenácu-lo. Sin embargo, a la vista del grave riesgo que suponía el abandono aun-que sólo fuera temporalmente de estos dispositivos electrónicos en un mar-co histórico improcedente, los directores de Caballo de Troya convinieron en reemplazar tales sistemas por otro, infinitamente más seguro y eficaz. Y el general Curtiss, con su proverbial habilidad, consiguió del AFOSI (Oficina de Investigaciones Espaciales de la Fuerza Aérea Norteamericana) un prototipo casi «mágico» que, en justa correspondencia, fue bautizado por los hom-bres del proyecto como el «ojo de Curtiss». La «cuna» fue dotada de seis de estas maravillas de la ingeniería electrónica: unas esferas de acero de 2,19 centímetros de diámetro, totalmente blindadas, susceptibles de ser lanzadas desde el módulo y, convenientemente apantalladas en la banda del espectro IR, teledirigidas a distancias no superiores a los 10 kilómetros, pudiendo inmovilizarse, incluso, a una altitud de 1000 metros. Estos equi-pos -que harían hoy las delicias de los servicios de espionaje del mundo-
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nos permitirían «registrar» escenas y conversaciones que, en condiciones normales, hubieran sido de difícil acceso. En dos de las inminentes aparicio-nes del Resucitado a sus «íntimos» tendríamos ocasión de comprobar el grado de eficacia del «ojo de Curtiss». De no haber sido por él, algunos de los sucesos acaecidos a orillas del lago habrían quedado mutilados o lamen-tablemente deformados.
Se daba, además, otra circunstancia que, por sí misma, justificaba la uti-lización de estos minúsculos, casi «humanos», dispositivos. En el caso, por ejemplo, de las apariciones de Cristo en el lago, ninguna de las citas evan-gélicas refleja con exactitud en qué punto de la costa o de tierra adentro se registraron. Todas las sospechas apuntaban hacia las áreas de Bet Saida o Cafarnaum y hacia la colina de las Bienaventuranzas. Pero esto no era sufi-ciente ni riguroso. De ahí que, llegado el momento, en el supuesto de que no me hallara presente, uno de estos «ojos», previamente programado, podía ser catapultado hasta el lugar, registrando imágenes y sonidos.
Y la jornada fue extinguiéndose. Y Eliseo y quien esto escribe aguardamos impacientes el nuevo día. Los planes de la operación, una vez más, iban a ser modificados sobre la marcha.
19 DE ABRIL, MIÉRCOLES
Mi hermano de expedición, previsor y meticuloso, me previno. Las reser-vas alimenticias y de agua se agotaban. Estas cosas, de aparente poca im-portancia, jugaban también su papel. Y en ocasiones, como se verá, nos forzaron a bruscos cambios en los planes. En este caso, la alteración del programa resultaría providencial. Los víveres, como ya expliqué, habían si-do programados para un total de doce días. Reduciendo la dicta podíamos resistir hasta el mediodía del viernes, 21. Pero tampoco era cuestión de agobiarnos con servidumbres de esta índole. Nuestras fuerzas de servicio inteligencia debían estar prestas ser menos prosaicas. Así que, de mutuo acuerdo, convenimos en romper lo programado por Caballo de Troya. Ese mismo miércoles, 19 de abril, descendería a la cercana población en busca de alimentos. Pero antes, aprovechando la serena y soleada mañana, inten-taríamos solventar Otro asunto.
La colina continuaba desierta. Ello nos animó a poner en marcha nuestra primera salida conjunta del módulo. La temperatura en el exterior -11' C a las 07 horas-, con certeras posibilidades de ir aumentando hasta 21 o 22 hacia el mediodía, y un 49,5 por ciento de humedad relativa, eran signos que anunciaban un día templado, muy adecuado a nuestros propósitos.
Y Eliseo, sin reprimir la emoción, cambió su habitual mono de trabajo por una vestimenta propia de la época, sustancialmente similar a la mía: un
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faldellín o falda corta marrón oscura y una túnica negra, de lino, con dos franjas rojas y paralelas en el centro, que se prolongaban por delante y por detrás, al estilo de las confeccionadas en En-Gedi, en la costa occidental del mar Muerto. El cíngulo o ceñidor, trabajado en cuero y de 10 centímetros de anchura, era diferente al mío. Consistía en una utilísima pieza hueca, idéntica a las halladas en las ruinas de Masada, que permitía guardar dinero y pequeños enseres. Una fíbula de bronce, simulando un arco, hacía de cie-rre.
El calzado para esta fugaz escapada de la nave tampoco fue muy diferen-te al usado habitualmente por quien esto escribe: sandalias con suela de esparto, trenzado en las montañas turcas de Ankara, pulcramente perfora-das por sendas parejas de tiras de cuero de vaca, debidamente empecina-das, que se enrollaban a la canilla de la pierna.
Prescindimos de las ch1amys. La agradable climatología y lo engorroso de tales mantos -todo hay que decirlo- no hacían necesario ni aconsejable su uso.
Y una vez modificado el alcance de los sensores de radiación infrarroja -prolongando su radio de acción hasta los 300 pies-, mi compañero cargó una bolsa de hule con el instrumental que, según nuestros cálculos, podía-mos necesitar en la inminente exploración. Y lenta y parsimoniosamente, como si en ello le fuera la vida, descendió hacia la laja de piedra. Le seguí con curiosidad. Aquél, en efecto, era su primer contacto directo con la Pa-lestina de Jesús. Un Jesús de Nazaret a quien no había tenido la fortuna de contemplar cara a cara. Yo lo sabía. Conocía bien sus inquietudes y su aca-riciado sueño y allí mismo, bajo la «cuna», supliqué a los cielos para que esa oportunidad no se malograra.,Ninguno de los dos imaginábamos enton-ces lo cerca que estábamos de tan crucial y decisivo encuentro...
Al igual que sucediera conmigo en la segunda salida, Eliseo, durante unos instantes, permaneció mudo. La belleza de la verdeante y perfumada colina no era para menos. Paseó la vista a su alrededor y, dejándose arrastrar por uno de sus impulsos, clavó la rodilla derecha en tierra, arrancando un húmedo manojo de hierbas y flores. Lo llevó hasta los labios y, entornando los ojos, lo besó. Después, sonriéndome, pareció excusarse por aquel gesto que, quizá, yo podía interpretar como algo pueril. No fueron ésos mis pen-samientos. Al contrario. Emocionado ante la sensibilidad y cristalina trans-parencia de su corazón, le correspondí con la mejor y más elocuente de mis sonrisas.
Al punto, nada más separarnos de la invisible «cuna», la «cabeza de ceri-lla» alojada en mi oído derecho comenzó a pulsar. Era la señal previamente establecida. «Santa Claus», según lo programado, había iniciado la emisión de una serie de impulsos electromagnéticos de 0,000 1385 segundos cada
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uno, perfectamente audible a través de la conexión auditiva. El dispositivo no era otra cosa que un reajuste del escudo protector IR. En el supuesto de que alguien penetrara en el círculo infrarrojo de 300 pies de radio, los sen-sores, tras captar la presencia del intruso, traducían la señal a impulsos eléctricos y, automáticamente, el computador central la reemitía en forma de mensajes de corta duración. Aunque nos encontráramos a 15 000 pies de la nave, «Santa Claus» podía «interpretar» y reconvertir la alerta IR, transmitiéndola hasta nuestra posición. Este sistema, de gran fiabilidad, nos autorizaba a abandonar el módulo, sin que por ello dejáramos de registrar la proximidad de hombres o animales en la mencionada zona de seguridad de la máquina. En el caso que nos ocupa, estos impulsos electromagnéticos fueron provocados por nosotros mismos, situados en pleno campo de acción de los sensores de radiación infrarroja. Al alcanzar las inmediaciones del circo basáltico y escapar así del escudo IR, los «pitidos» cesaron.
Trepamos a lo alto de las rocas y, tras cerciorarnos de la soledad del en-torno, nos dispusimos a desvelar el misterio que guardaba la piedra circu-lar.
Con un par de secos taconazos, la, cuña cedió. Y la pesada muela, sin apenas ayuda, se deslizó por gravedad hacia la izquierda, rugiendo en su roce con la pared de caliza. Una negra boca rectangular, de unos 90 centí-metros de altura, apareció ante nosotros. Nos miramos con inquietud. ¿De-bíamos proseguir? La tenebrosa oscuridad me hizo dudar. ¿Hasta qué punto era necesario arriesgarse en una aventura como aquélla, al margen de nuestra verdadera misión? Pero Eliseo, adivinando mis pensamientos, arro-jó el saco al interior y, sin más contemplaciones, gateando, se introdujo en la galería. Le seguí con el corazón acelerado. Y ya en el angosto túnel, em-pezamos a percibir un olor acre y desabrido que nos puso en la pista de lo que en verdad encerraba la cueva. Mis sospechas eran fundadas. Y seguros de la total ausencia de testigos, nos decidimos a utilizar una potente linter-na de 33 000 lúmenes, a batería, con una autonomía de casi dos horas. (En otras circunstancias, obviamente, este foco ni siquiera habría salido de la nave.) El pasadizo, de unos 2 metros de profundidad, desembocaba en una antecámara rectangular, igualmente excavada en la roca, cuyo techo -a ca-si 3 metros de altura- nos permitió erguirnos. El suelo de la sala, ligera-mente más bajo que el del pasadizo de entrada, se hallaba rodeado de ana-queles de piedra. En el centro geométrico de cada uno de los muros se abrían sendos arcos -a manera de puertas y de 1,80 metros de altura- que conducían a otras tantas cámaras, todas cuadradas, de 8 metros de lado. En aquellos cubículos, a pesar del carácter hidrófilo de la caverna, que «ab-sorbía» buena parte de los gases, el tufo a sulfídrico y amoníaco era tan denso y nauseabundo que, por comodidad, echamos mano de las máscaras,
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prudentemente incluidas en el petate. (Como médico sabía que, al cabo de unos minutos, la pituitaria terminaría por saturarse y la membrana nasal dejaría de percibir la molesta y abrumadora fetidez. Pero respeté los lógicos deseos de mi hermano.) En efecto, nos hallábamos en una cripta funeraria de grandes proporciones que, con toda probabilidad, guardaba los restos mortales de alguna adinerada familia de Cafarnaum, o quizá de todo un co-lectivo. Al pie de las paredes, sobre los anaqueles, se abrían los kokim o ni-chos (en algunos muros contamos hasta nueve), sellados por otras tantas piedras circulares. Al retirar las muelas aparecieron unas celdas de 2 me-tros de largo por 80 centímetros de alto y 55 de anchura. En su interior re-posaban unos curiosos sarcófagos rectangulares de madera -casi todos de ciprés y sicomoro-, fabricados a base de tablones unidos por bisagras y cla-vijas. Dispusimos el vestuario de protección dos pares de guantes para cada uno, gafas, gorros y sendos mandiles que nos cubrían desde el cuello hasta los pies y, procurando no descomponer los deteriorados cajones, tiramos de ellos hasta situarlos en el centro de la sala. Al destaparlos fuimos encon-trando un sistema de enterramiento -muy común en el siglo 1 antes de Cristo- que consistía en la superposición, en un mismo ataúd, de dos y has-ta tres individuos, separados por colchones de cuero. (Generalmente, un adulto y un niño o dos adultos y un infante.) Junto a los restos se alineaban cazuelas y recipientes de barro y, en cinco de ellos, ocupados por mujeres, sandalias y una moneda acuñada en la época de Herodes. La mayoría se hallaba en estado óseo. Sólo unos pocos habían pasado a la situación de desintegración pulverulenta. Varios de los niños aparecían momificados y desecados. Tres de los enterramientos, en cambio, mucho más recientes, se hallaban en la segunda y tercera fases de putrefacción -períodos enfise-matosos y colicuativos-, con los cadáveres hinchados, repletos de ampollas, materialmente asaltados por las escuadras o cuadrillas cadavéricas y con las redes venosas presentando la típica imagen en retículo marmóreo: ro-jas, verdes y ramificadas desde la base del cuello hasta las ingles. Muy pro-bablemente habían sido sepultados en el transcurso de los últimos dos o tres meses.
La incisión en los vasos reveló que estaban llenos de burbujas de gas y de sangre, en pleno proceso de hemólisis.
Pero no era aquello lo que en realidad buscábamos. Y una vez concluidos los análisis e investigaciones en las cámaras funerarias, sellados de nuevo los nichos, nos encaminamos a la planta inferior de la cripta. En el pavi-mento del cubículo practicado frente al túnel de entrada, unos peldaños permitían el acceso a una segunda sala, de casi 30 metros de fondo, repleta de nichos y arcosolios. Allí, en repisas igualmente excavadas en la roca vi-va, descansaba nuestro principal objetivo: una treintena de osarios rectan-
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gulares, tallados en piezas únicas de piedra caliza, con tapas separadas. Casi todos presentaban los nombres, origen de la familia y datos personales de la vida de cada uno de los enterrados, grabados en hebreo y griego. Es-tas inscripciones nos ayudarían a establecer los parentescos y a verificar otros datos antropológicos. Cada osario -de 50 centímetros de alto por 70 de largo y 25 de ancho- contenía los huesos desarticulados de uno o varios individuos, trasladados a las arquetas de piedra después del primer ente-rramiento y de la descomposición de la carne. Otros, más reducidos, guar-daban la osamenta de niños. En el centro de la cámara, en un ancho pozo de 2 metros de diámetro, se apilaba un caótico montón de huesos huma-nos, mezclados con vasijas de barro, la mayoría rota e inservible.
Una oportunidad como aquella quizá no se repitiera. Por razones fáciles de comprender, un estudio antropológico de los judíos vivos de aquel tiem-po resultaba casi inviable. De ahí que, al detectar las galerías subterráneas y sospechar su naturaleza, tanto Elíseo como yo estimamos que, al margen de la misión propiamente dicha, no debíamos menospreciar la ocasión de estudiar los restos humanos allí depositados y que, sin duda, revelarían da-tos de gran interés científico. E ilusionados con el proyecto, nos embarca-mos en un febril análisis osteológico. (En días sucesivos, mi compañero se encargaría de concluir las mediciones, aventurándose en solitario en la crip-ta. Lamentablemente, esta temeridad nos reportaría un susto de muerte y una lección que no olvidaríamos.)
En total logramos examinar los restos de 197 individuos, pertenecientes a tres generaciones de la familia de un tal Yejoleser ben Eleazar y su esposa Slonsion. El apellido Goliat aparecía grabado en la mayor parte de los osa-rios. Pues bien, las conclusiones más destacadas de este estudio -extensibles en buena medida a la generalidad de la población de la Galilea- fueron las siguientes:
El 50 por ciento de los individuos había fallecido antes de los dieciocho años. (Dentro de este grupo, la cifra más alta, de mortalidad correspondía a los primeros cinco años de vida.) Ello reflejaba algo que, en el fondo, ya sa-bíamos: el índice de mortalidad infantil era muy considerable.
También fue observada una alta incidencia de anomalías en el sistema óseo, con un fuerte predominio de la artritis, en especial entre los hombres y mujeres de mayor edad, muy extendida en las regiones cervical y lumbar de la columna.
En cuanto a la dentición, el cuadro final fue igualmente calamitoso. En-contramos caries en un 37 por ciento de las mandíbulas. (En general eran interpróximas en caninos y molares.) También descubrimos abscesos alveo-lares en un 28,5 por ciento de los maxilares y en un 30,2 por ciento de las mandíbulas: la mayoría en las regiones molar, de caninos e incisivos. El
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desgaste era mayor en los especimenes más antiguos. (Muy señalado en los molares y premolares.) La reabsorción alveolar denotaba una grave en-fermedad periodontal, causa, sin duda, de la frecuente pérdida antemortem de dientes. Según nuestras observaciones, los primeros en caer eran los molares. (Detectamos también dos caninos inferiores de raíz doble; un crá-neo con ausencia congénita de caninos maxilares y un canino deciduo y un incisivo con las raíces y coronas fusionadas.) Las condiciones dentales de la población eran, por tanto, lamentables. (A los problemas degenerativos de naturaleza congénita, avitaminosis, etc., había que añadir el excesivo con-sumo de pan -elemental en la dieta de los hebreos- que conducía con segu-ridad a la enfermedad periodontal y a un notable desgaste de las piezas.)
Los cráneos de aquellos galileos resultaron, en el caso de los varones, claramente mesocéfalos, mientras que los de las hembras -relativamente más anchos- aparecieron como braquicéfalos. La proliferación de cráneos masculinos mesocéfalos, con una media de 81,5 en aquellas latitudes, nos obligaría a rectificar el criterio sostenido hasta entonces respecto del cráneo de Jesús de Nazaret, igualmente mesocéfalo y que, fiándonos de los estu-dios de Von Luschan y Renan, habíamos estimado como «poco frecuente» entre los judíos de la Galilea.
Según los compases de arco, reglas y calibres utilizados, la estatura me-dia de aquellos especimenes -ratificada en observaciones posteriores y di-rectas- oscilaba alrededor de 1,66 metros en los hombres y de 1,48 en las mujeres. En consecuencia, con su 1,8 1, Jesús de Nazaret también fue en esto una excepción. A título de anécdota diré que, al clasificar los huesos de la cripta, descubrimos dos osamentas extremadamente altas y robustas. Una arrojaba una talla de 1,88 metros y la segunda 1,77. Dadas sus nota-bles diferencias con el resto, estos individuos -varones- no fueron incluidos en el análisis métrico general en el que, por cierto, «Santa Claus» desem-peñó un decisivo papel.
Tres horas después de haber penetrado en el complejo funerario, con la segunda batería medio agotada, impacientes por respirar aire puro e in-tranquilos ante lo dilatado de la estancia fuera del módulo, dimos por finali-zada la primera sesión de trabajo a la que, como queda dicho, seguirían otras no menos apasionantes jornadas.
Lo que no resultó tan fascinante fue el obligado cierre del panteón. A pe-sar de nuestros esfuerzos, la pesada muela -con sus 400 o 500 kilos- ape-nas se movió. El canalillo en rampa sobre el que debía rodar fue un obstá-culo insalvable para estos sudorosos y desesperados expedicionarios. Lo in-tentamos una y otra vez, volcándonos materialmente sobre la roca y empu-jando hasta que las manos nos sangraron. Imposible. Extenuados, no su-pimos qué hacer. Pero Eliseo, confiado y optimista, enfocó el percance por
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su lado bueno: después de todo, aquello facilitaba el acceso y las futuras investigaciones. El razonamiento no me tranquilizó. Si los lugareños descu-brían -como así fue- que la cripta había sido violada, los estudios e, incluso, el punto de asentamiento de la nave podían correr graves riesgos. La intui-ción no me engañaría...
Hora sexta. (Aproximadamente, las doce.)
Como habíamos convenido, me dispuse a bajar a la todavía supuesta ciu-dad de Jesús: Cafarnaum. Inspeccioné mi atuendo y la bolsa de hule, cam-biando de calzado. El programa ordenaba que, a partir del aterrizaje a ori-llas del lago, las habituales sandalias de esparto debían ser reemplazadas por las «electrónicas». Para la caminata que estaba a punto de iniciar y pa-ra las que me aguardaban en días sucesivos, aquel invento resultaba tan útil como imprescindible. El material y sus formas eran básicamente idénti-cos. Sólo las suelas parcialmente ahuecadas las hacían diferentes. En su in-terior habían sido dispuestos dos sistemas miniaturizados: un microtrans-misor y un contador de pasos. El primero, vital para mi localización en las pantallas de la «cuna». (Cuando, por necesidades de la exploración, me viera forzado a desplazarme a distancias superiores a los 15 000 pies del módulo, este dispositivo sustituía, en parte, la escasa o nula fluidez de la conexión auditiva.
Una señal emitida por dicho microtransmisor era entonces captada y am-plificada en el extremo superior de la «vara de Moisés» y reenviada hasta las antenas de la nave mediante un potente láser. De esta forma, Eliseo y yo permaneceríamos medianamente comunicados. De hecho, en determi-nadas misiones, el sistema fue utilizado como una clave para marcar el ini-cio o el remate de operaciones y maniobras específicas.)
El segundo equipamiento electrónico contaba con un microcontador de pasos, un cronómetro digital, un sensor medidor del gasto energético en cada desplazamiento y una célula programada para elevar la temperatura del calzado en caso de extrema inclemencia.
En principio, mi presencia en el referido núcleo humano debía ser lo más breve y cauta posible. Lo justo para adquirir una razonable cantidad de ví-veres que aliviara nuestra penosa situación. Más adelante, una vez que los discípulos del Resucitado arribaran a la zona, mis ¡das y venidas quedarían menos limitadas. Éstos eran los planes. Pero, ya se sabe, el hombre propo-ne...
Y a eso de las 12 horas, como venía diciendo, con las «crótalos», 40 se-quel y algo más de 800 sestercios en la bolsa de hule impermeabilizado, abandoné la «base-madre», pletórico de fuerzas y -por qué negarlo- con un sutil cosquilleo en las entrañas. Aquél iba a ser el escenario de mis próxi-
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